La estabilidad macroeconómica no debe percibirse, sin embargo, como un fin en si mismo. Debe ser un instrumento que, unido a reformas por el lado de la oferta de la economía, permita expandir el crecimiento potencial de la región y su renta per capita.
La experiencia muestra que para obtener beneficios tangibles en este terreno resulta necesario consolidar un entorno de inflación baja y estable y de cuentas públicas saneadas durante un período de tiempo dilatado, al menos una década.
Es entonces cuando empiezan a alargarse los plazos de los instrumentos de crédito y ahorro en moneda local y a reducirse la incertidumbre para la toma de decisiones de medio plazo por parte de los agentes económicos.
Muchos países latinoamericanos han alcanzado, o están a punto de alcanzar, justo ese punto a partir del cuál empiezan a materializarse los frutos de la ortodoxia macroeconómica de los últimos años.
En este sentido, resulta relevante destacar que en la recuperación cíclica en la que estamos inmersos actualmente, que se inicia en el 2003-2004, la inversión productiva privada esta creciendo más deprisa y más intensamente que en recuperaciones cíclicas anteriores, al tiempo que el consumo está experimentando una expansión más moderada.
Se trata de un fenómeno bastante generalizado en la región en el momento actual. Si bien las causas pueden ser diversas, su vinculación a las políticas macroeconómicas orientadas a la estabilidad me parece clara.
En este contexto, cobra relevancia preguntarse si podemos considerar estas ganancias como algo ya consolidado, de forma que en el futuro puedan neutralizarse eficazmente perturbaciones inflacionistas de distinta naturaleza y los períodos de desordenes en la conducción de las políticas presupuestarias quedan desterradas definitivamente.
En mi opinión, para estar convencidos de que esto va a ser así, especialmente en entornos globales mucho menos benignos que el actual para la estabilidad de precios, resultaría necesario reforzar aún más algunas instituciones de política macroeconómica. En el frente de las políticas monetarias, si bien de facto, la mayoría de los bancos centrales de la región instrumentan sus políticas ejerciendo un elevado grado de independencia, en algunos casos sería conveniente que esto viniera acompañado por reformas en sus estatutos que, entre otra cosas, desligaran el período de mandato de sus órganos de gobierno de los ciclos político-electorales de los países. También sería deseable en algunos países definir con mayor precisión las competencias de las autoridades monetarias en materia de política cambiaria. En el frente de las políticas fiscales, con la notable excepción de Chile, no existen mecanismos suficientes para neutralizar el sesgo `pro-cíclico de dichas políticas, resultado de la fuerte dependencia de los ingresos fiscales de las fluctuaciones cíclicas de los precios de las materias primas.
Además, resulta crucial desarrollar mecanismos que mejoren la calidad y eficacia del gasto público. Las insuficiencias en este terreno hacen, como ha puesto de manifiesto recientemente el Banco Mundial, que, a diferencia de lo que ocurre en otras áreas del mundo, en Latinoamérica el gasto público apenas tenga impacto en términos de redistribución de la renta.
En definitiva, si bien el reto fundamental para las reformas en Latinoamérica reside en el ámbito microeconómico, hay que evitar la complacencia en el ámbito macroeconómico, pues el funcionamiento de las instituciones de política macroeconómica actuales no ha sido suficientemente contrastado en entornos marcadamente inflacionistas donde podrían aflorar las debilidades institucionales.
La estabilidad macroeconómica no debe percibirse, debe ser un instrumento que, unido a reformas por el lado de la oferta de la economía, permota expandir el crecimiento potencial de la región y su renta per cápita.
Muchos países latinoamericanos están a punto de alcanzar la materialización de los frutos de la ortodoxia macroeconómica.
Economista Jefe Grupo BBVA