Los millonarios de Silicon Valley han decidido rentabilizar sus stock options (opciones sobre acciones) invirtiendo en el prójimo. Las jóvenes fortunas de la revolución tecnológica norteamericana han descubierto su vena humanitaria y su ímpetu está cambiando el mundo de las fundaciones. No sólo se trata de dinero, los nuevos ricos quieren hacer las cosas a su manera y aplicar a la ayuda privada los mismos métodos que tan buen resultado les han dado en los negocios.
Estados Unidos siempre ha gozado de una gran tradición filantrópica, más aún cuando el concepto de protección social pública era prácticamente inexistente, pero la bonanza económica de estos últimos nueve años le ha dado una nueva vida, una época dorada que no conocía desde principios de siglo. En 1999, las fundaciones norteamericanas recibieron 9.700 millones de dólares, 22% más que el año anterior y la mitad de lo que se prevé para el 2000. En total, las actividades no lucrativas en Estados Unidos han supuesto el 8% de su PIB y empleado a casi el 10% de su fuerza de trabajo.
Hasta hace poco, los únicos nombres que sonaban en el mundo de la filantropía eran los de la era industrial, como Andrew Carnegie o J.P. Morgan. Los protagonistas de la revolución informática parecían ajenos a las palabras de John D. Rockefeller, que desde sus tiempos de oficinista en Cleveland tomó por costumbre entregar el 10% de su salario a obras de caridad: "El que muere rico muere en desgracia".
Ahora, Silicon Valley, donde el año pasado se crearon más de 10 fundaciones millonarias, y Seattle, la sede de Microsoft, se han convertido en los nuevos centros de la filantropía norteamericana.
Desde hace dos años, coincidiendo con la creación de la Fundación Bill y Melinda Gates, la más rica del mundo, con 21.800 millones de dólares a repartir, las nuevas fortunas han roto con su reputación de avaricia y han empezado a soltar dinero, tanto que al principio no sabían por dónde empezar. "Son personas muy jóvenes que se han centrado exclusivamente en su trabajo y no tenían muy claro en qué querían invertir sus donaciones", dice Birgit Fink-Jensen, una de las directoras de la Community Foundation de Silicon Valley (CFSV), una asociación que se dedica a buscar proyectos para los aspirantes a filántropos." Hace poco", cuenta Fink-Jensen-Jeff Skoll, "el vicepresidente de eBay (el número uno en subastas por Internet) comentaba que a veces se sentía cansado de su trabajo porque no conseguía cambiar el mundo como hubiera querido, marcar una auténtica diferencia, algo que espera conseguir con la filantropía". En junio del año pasado, los fundadores de Bay donaron a la CFSV 65.000 acciones de su empresa, antes de que saliera en bolsa. Ahora valen unos cincuenta millones de dólares. No es que los nuevos millonarios se sientan culpables por haber alcanzado antes de los 40 años lo que la mayoría de los mortales no conseguirá en toda su vida "pero saben que han tenido mucha suerte y ahora quieren compartir algo de lo que han ganado con la comunidad", asegura Fink-Jensen. El año pasado, la CFSV recibió donaciones por valor de 100 millones de dólares, para proyectos que sólo conciernen a los alrededores de San Francisco; este año esperan recibir dos veces más.