A todos les extrañaba que Dennis Kozlowski, jefe de un gris conglomerado industrial, mostrase una llamativa pasión por el arte. Renoir y Monet valorados en más de cinco millones de dólares colgaban de las paredes de su apartamento de 13 habitaciones de la Quinta Avenida de Nueva York. Al final, resultó que Kozlowski, un consejero delegado altamente respetado en Wall Street, por la gestión del gigante industrial, prestaba más detalle a los pinceles de los impresionistas franceses que a las cuentas de Tyco.
La pasada semana el ejecutivo era procesado por evasión fiscal.Y es que, mientras que Tyco se hundía en una maraña contable, Kozlowski utilizaba el dinero de la empresa para sus sueños de mecenazgo artístico.
Todas estas revelaciones, que provocaron su rápida dimisión, han acrecentado la crisis de cofianza de los norteamericanos en sus sistemas financiero y empresarial. Aunque, a decir verdad nada ha sorprendido, ya que el escándalo Tyco llueve sobre mojado: Enron, Andersen, WorldCom, GlobalCrossing.... Empresas sólidas hace apenas dos años sacan a la luz trapos sucios.
Según la consultora Challenger, Gray & Christmas, en mayo dejaron su puesto 80 consejeros delegados, un 48% más que en abril. Se trata de una cifra sin precedentes desde octubre. Y, aunque es cierto que es inferior a las 88 renuncias del mayo del 2001, la mayor parte de aquéllas estuvieron protagonizadas por los jefes de las pequeñas puntocom, víctimas del estallido de la burbuja cibernética. Ahora se trata de "peces grandes", de los jefes de la "economía sólida de ladrillo y cemento".
"El número de relevos en las cúpulas empresariales va a crecer más conforme otras compañías se sitúan bajo el microscopio de los investigadores del Gobierno". Entre los 315 consejeros delegados que se han visto forzados a salir, figuran nombres como el veterano Gerald Levin, de Time Warner que apostó por una fusión escasamente rentable con America Online y Bernard J. Ebbers, el cowboy de WorldCom, que levantó en pocos años un imperio de telecomunicaciones con pies de barro: unas acciones altamente depreciadas.
La avalancha de dimisiones coincide con una demanda por parte del Gobierno y de los pequeños y medianos inversores de mayores responsabilidades a los consejeros delegados y a los consejos de administración, que supuestamente los supervisan.