Cuando el líder de la coalición de la presidenta brasileña Dilma Rousseff en el Senado contribuyó a derrotar al nominado de esta para un alto cargo de regulación el mes pasado, la respuesta de la mandataria fue expeditiva: destituyó a Romero Juca después de 12 años en el cargo.
Si bien sus aliados parlamentarios se irritan ante medidas destinadas a establecer su autoridad, como alejar a Juca y destituir a ministros acusados de corrupción, estas han rendido frutos en lo que respecta a la opinión pública.
La popularidad de Rousseff en una encuesta de marzo fue de 77%, la mayor entre los gobernantes del Grupo de los 20.
También han contribuido a crear una identidad política separada de la de su predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva.
Ahora, la primera presidenta de Brasil busca afirmarse en lo relativo a su trato con gobernantes extranjeros.
El mes pasado se quejó en Alemania de que un “tsunami monetario”, producto de países ricos, afecta las monedas de mercados emergentes en rápido crecimiento como Brasil.
El lunes le transmitirá un mensaje similar al presidente Barack Obama cuando Rousseff haga su primera visita oficial a Washington, dijo el mes pasado el ministro de Comercio, Fernando Pimentel.
“Es más audaz que Lula en lo que respecta a economía y política interna”, dijo desde Nueva York Albert Fishlow, que estudia Brasil desde hace medio siglo y es un ex vicesecretario de Estado para América Latina de los Estados Unidos.
Rousseff, que tiene 64 años, ha impulsado a los banqueros centrales a reaccionar a una desaceleración del crecimiento.