En otros artículos en este diario he insistido que hay condicionantes económicas nacionales e internacionales, por las que Panamá debe concluir su tratado con EE.UU.; entre otras: para igualar su competitividad con los países vecinos que ya pactaron, Centroamérica, y Chile; y ampliar las preferencias que ya contaba con la IBC.
Tras el diferendo sanitario, hacer fracasar las negociaciones actuales no es conveniente a Panamá. Algunos hablan como si se tratara de una lucha con EE.UU., en la que hay sólo dos opciones a escoger: "mantener" o "ceder". Debemos aprender de Chile, país que tardó casi 12 años en cerrar su TLC con EE.UU., y donde también los asuntos sanitarios fueron muy polémicos. Y Chile, sin ceder cambios a sus posiciones, logró cerrar el TLC.
No sé cuántas rondas necesitará Panamá para cerrar el TLC, y este no es un asunto para vaticinar. El camino asumido por el país, en el sentido de prorrogar las negociaciones, es la decisión correcta.
En Washington, durante la última ronda, quedó muy evidente que una sumatoria de intereses aislados no es expresión de "interés nacional consolidado". Tal sumatoria sólo está apuntalada al compás de lo que cada sector en lo particular se ganará o dejará de ganar, con el cierre y aprobación del eventual TLC. Además, hasta como fuerza que respalda al tratado resulta ser políticamente débil.
Una forma más eficaz para concebir y organizar los debates sobre los complejos temas de Estado, este TLC u otros, es a través de una concertación con la sociedad, en forma democrática, amplia y científica, que sea capaz de producir el nuevo pacto social que se requiere, para dilucidar los complejos retos que tiene por delante Panamá, para producir el desarrollo económico social que todos nos merecemos.