Economía

Un 1° de mayo del siglo XXI

Hoy es inconcebible la negación del derecho de los trabajadores a organizarse en sindicatos.


En días pasados se celebró el día del Trabajador en la mayor parte del mundo. Dicha fiesta destaca los avances en los derechos de los trabajadores organizados, recordando también los sacrificios incurridos en el camino.
Ciertamente hay mucho que celebrar y agradecer: hoy es inconcebible, en las democracias de Occidente, la negación del derecho de los trabajadores a organizarse en sindicatos y a negociar salarios y otras condiciones laborales con los empleadores.
Prácticamente todos los países han establecido salarios mínimos legales y han construido redes de seguridad social para proteger al trabajador y sus beneficiarios contra las consecuencias del desempleo, enfermedad, invalidez o muerte, así como para asegurar ingresos mínimos en la vejez.
La discusión actual es muy distinta a la de comienzos del siglo XX y esos derechos, conquistados a lo largo del siglo pasado, no están en discusión.
Los temas del debate a comienzos del siglo XXI tienen que ver fundamentalmente con dos cosas: la eficacia de los instrumentos de protección para alcanzar las metas propuestas, y el logro de un balance adecuado entre los objetivos de protección a los trabajadores y la preservación de incentivos al esfuerzo como motor del progreso individual y colectivo.
Esta es una discusión más compleja, que debe considerar elementos técnicos y que se da en medio de cambios técnicos y económicos que han revolucionado los mercados de trabajo.
El mundo de las primeras décadas del siglo XXI está marcado por el avance de la globalización de las actividades económicas: las empresas están compitiendo hoy a escala planetaria, diseñando estrategias de inversión para optimizar el uso de recursos a nivel global, y promoviendo cambios técnicos, organizacionales y de todo tipo para adquirir o mantener liderazgos en un mundo muy competitivo y cambiante.
Es en este contexto en que aflora la tensión entre la protección social y la flexibilidad que requieren las empresas para adaptarse a un entorno de cambios vertiginosos.
Buena parte de las instituciones de protección social se construyeron en un marco de mercados domésticos protegidos y baja movilidad de capitales, con trabajadores con bajos niveles de educación y organización.
Es así como en muchos países éstas tienen un marcado tinte paternalista, dejando muy pocos espacios de libertad para la elección del trabajador, o incluso del sindicato.
Las instituciones y normas han tendido a invadir espacios propios de la esfera de decisión privada y han limitado severamente la capacidad de adaptación y cambio, tanto de los trabajadores como de las empresas. En muchos casos, se ha terminado por proteger a un grupo limitado de trabajadores, a costa de dejar en la indefensión a una gran masa de desocupados o subempleados en la economía informal.
El gran desafío que enfrentan los países es el de diseñar instrumentos de protección social que permitan que las empresas inviertan y mejoren día a día su productividad, para así poder crear los puestos de trabajo que se necesitan.
Al mismo tiempo, deben generar los incentivos para que los trabajadores se esfuercen y perfeccionen, para que su aporte y su remuneración progresen a la par con el dinámico mundo actual. No es fácil, pero es posible y sobretodo, urgente.
El gran desafío que enfrentan los países es el de diseñar instrumentos de protección social que permitan que las empresas inviertan y mejoren día a día su productividad, para así poder crear los puestos de trabajo que se necesitan.
Deben generar incentivos.


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276918
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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