Del mismo modo que aquella incómoda grieta en el suelo de la más famosa de sus obras, la escultora colombiana Doris Salcedo, Premio Velázquez de Artes Plásticas 2010, dijo hoy a Efe que el arte debe "abrir y hacer pública la memoria reprimida de las víctimas", para así alcanzar la "verdad y la reconciliación".
Como si el cielo de la capital colombiana hubiera querido rendir homenaje a las creaciones de la artista, una capota gris y con tintes de melancolía apenas permitía que un dramático halo de luz entrara por los amplios ventanales del estudio de Salcedo.
Conocida por expresar sus preocupaciones políticas y sociales en sus obras, muchas de ellas vinculadas al conflicto que desangra internamente a su país, la escultora colombiana, de 51 años, se ha convertido hoy en la primera mujer en lograr el Premio Velázquez, concedido por el Ministerio de Cultura español desde 2002.
"Es emocionante y conmovedor", reconoció Salcedo en una entrevista con Efe, aunque opinó que la concesión de este premio es la demostración que "los caídos, los derrotados, también podemos contar nuestra historia".
Un relato doloroso de asumir, ya que, a su juicio, "la memoria de las víctimas es una memoria reprimida", con unas experiencias de dolor que el arte debe "abrir y hacer públicas", para que "salgan del espacio privado de dolor de cada víctima y pasen al espacio público, y ahí podrán tener verdad, restitución y reconciliación".
"El arte -añadió- siempre está ligado con la política, esté o no explícito en la obra, porque lo que hace el arte es abrir espacios y ampliarlos, para que la gente pueda ver, decir, existir, hacer, ser vista y vivir una vida plena".
Es precisamente el dolor de esa Colombia marcada a fuego y sangre por la guerra interna la que "quebró" internamente a la artista, cuyas a veces acongojantes obras relatan historias incómodas de aceptar, las de los caídos, las víctimas y los muertos en vida.
"Todos esos aspectos en negativos de la historia colombiana definen los que yo hago. Lo que pido al público es un minuto de contemplación silenciosa, para que la memoria de dolor escrita en cada uno se funda con la memoria de dolor de la víctima en la obra, y generar así una memoria colectiva acerca de lo que está pasando".
Memoria histórica respecto al Tercer Mundo que Occidente olvidó, y que la artista colombiana trató de resquebrajar en uno de sus más comentados trabajos, una enorme grieta que partía en dos el suelo de la gigantesca Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres.
"Occidente no tiene una responsabilidad jurídica, pero sí moral. Pero esa historia no está reconocida, está allá abajo en un hueco, en un espacio negativo, y es el que estaba tratando de abrir", dijo.
Su frondoso y rizado pelo gris oscuro resalta aún más dos enormes ojos que se han pasado medio siglo comprobando "la fragilidad de la vida, del ser humano y el hecho de que somos finitos".
Esa vulnerabilidad aparece en sus materiales, muchos de víctimas reales, y en sus efímeras obras, que evocan una Latinoamérica cuya historia se edifica en las "ruinas, no en arcos de triunfos".
Tachada a menudo de "polémica", Salcedo admitió que es "el mejor piropo" que puede recibir, ya que "lo grave es lo contrario, los espacios homogéneos, donde todos están de acuerdo".
Y pese a reiterar su agradecimiento por el galardón, recordó que se trata de un reconocimiento "colectivo", ya que aunque son sus ideas y ella ejerce de "motor", convergen también las experiencias de las víctimas y el trabajo de su equipo técnico, de 35 personas.
La lluvia cesa en la tarde bogotana, pero no la labor de Salcedo, que al acabar la entrevista vuelve con su equipo para pulir los detalles de la próxima obra en la que trabaja, basada en las exhumaciones de víctimas de la trágica guerra colombiana.
Un país en el que entre la brutalidad de un conflicto floreció la chispa de la creatividad, pues "el mejor espacio para el arte es la necesidad, y por eso hay tanto arte bueno en Colombia".