NUNCA antes Panamá recibió visitante igual Era la primera vez que un Papa posaba sus ojos en tierra istmeña y la visitaba, por lo que los panameños no dudaron en mostrar agradecimiento.
Así fue. Cada segundo de aquellos días, los previos y los posteriores a la visita de Juan Pablo II a Panamá, estuvo marcado por el amor que los católicos le profesan a la máxima figura de la Iglesia.
Hoy, poco después de su muerte, los pameños que estuvieron cerca de él y los que apenas lograron verlo a su paso por las calles de la ciudad, no hacen menos que rezar por su descanso eterno.
El, un hombre humilde que luchó por la paz, sabía que en Panamá se le amaba profundamente.
Durante su visita quiso compartir estrechamente con indígenas, enfermos y sacerdotes.
Confiado, solicitó pasear por el Estado Revolución (Rommel Fernández en la actualidad) en un carro que no era justamente el auto blindado que se había dispuesto para él.
Ya para ese momento cada detalle de la importante visita estaba incluido en una apretada agenda, como es de esperarse para un jerarca de la categoría del Sumo Pontífice.
Fue un 5 de marzo de 1983 y aunque desde entonces han transcurrido 22 años, los recuerdos permanecen intactos. Los medios de comunicación se aseguraron también de que no pasara desapercibido semejante evento.
Las palabras expresadas en suelo panameño son parte de lo que se rememora.
"Bendita sea la divina Providencia que me concede visitar este noble país"; "Con gran ilusión había esperado el momento de besar tierra panameña"; "Al recordar con inmenso afecto vuestros rostros, estoy seguro de que este país aparecerá en mi mente como una gran orquídea, vuestra flor nacional, llamada también la Flor del Espíritu Santo".
Y hay más. El Papa se fue complacido con la comida nacional y no dudó en elogiarla.
Comió langosta, corvina, frutas como la piña y la papaya, así como el pastel de manzana "con un toque de Polonia", como aseguró luego.
Sucede que Juan Pablo II fue un ser humano excepcional, sencillo. No conoció la vanidad ni el egocentrismo, así es que aquel banquete bastó y sobró para él.
Son detalles que reposan en los archivos y en las mentes de miles y miles de panameños para los que la experiencia de conocer al Santo Padre jamás pasaran al olvido. Juan Pablo II vive en el corazón de Panamá.
El voto tiene lugar en la Capilla Sixtina con dos escrutinios matinales y dos vespertinos.
Las papeletas de voto son quemadas. La incineración de esos papeles, gracias a un combustible pesado, produce el humo negro que sale por la chimenea del Vaticano cada vez que el voto arroja un resultado insuficiente.
Resulta elegido el cardenal que obtiene dos tercios de los votos más uno.
Conocido el resultado, el decano de los cardenales le pregunta al electo si acepta y, en caso afirmativo, éste queda automáticamente nombrado Papa y su jurisdicción se extiende de inmediato a todos los católicos del mundo entero.
El elegido debe entonces anunciar públicamente el nombre que utilizará como pontífice.
Terminado ese proceso, por la chimenea del Vaticano sale un humo blanco que anuncia el resultado de la elección.
Eufóricos por el desenlace, la masa de católicos que se congrega a diario en la Plaza de San Pedro proclama a gritos la noticia: "Habemus Papa" ("Tenemos Papa").
El peregrino de la paz
La prensa calculó que en la misa campal oficializada por el Papa el sábado 5 de marzo en el corregimiento de Ancón, Campo Industrial Simón Bolívar se congregaron al menos unas 300,000 personas. Las casas y las calles de la capital fueron adornadas para tan especial momento, como sugirió la Curia Metropolitana y los panameños atendieron el llamado.