Si usted tiene pensado viajar a Beijing a los Juegos Olímpicos debe saber que los chinos se han esmerado por ofrecerle la mejor cara de su país.
La ciudad asiática quiere dar una buena imagen al casi medio millón de visitantes extranjeros que llegarán en los próximos días para asistir a las Olimpiadas.
Por ello las autoridades han iniciado una campaña para reducir las emisiones de dióxido de carbono al punto que tienen una nueva política de tráfico, que impide a la mitad de los autos privados circular.
Si el día es par, sólo las matrículas pares pueden circular, exceptuando taxis y autos oficiales, y lo mismo para las jornadas impares, algo con lo que también se quiere intentar reducir el número de atascos (éstos, efectivamente, son menos, pero no han desaparecido).
Además, desde principios de julio se retiraron de circulación 300,000 vehículos con alta emisión de gases y la mitad de los autos oficiales.
Cuidado con lo que pregunta.
Por otro lado, las autoridades tratan de enseñar a sus ciudadanos que las preguntas indiscretas a extranjeros, gritar y arrojar desperdicios al suelo es de mala educación.
En el centro de la capital de China se han colgado carteles para prevenir a los pequineses que midan su curiosidad.
Cuánto gana al mes, cuántos años tiene y si está casado, estas tres preguntas, por ese orden, son moneda corriente en las primeras conversaciones entre chinos, que también las utilizan cuando dialogan con extranjeros, algunos de los cuales se ven sorprendidos e incluso molestos, según las explicaciones del cartel.
Preguntar qué religión profesa, cuál es su dirección o su estado de salud, o inquirir sobre sus sentimientos puede molestar al extranjero.
El cartel también indica que llamar anciana a una mujer de edad avanzada, una práctica común entre los chinos, también puede resultar de mal gusto para los occidentales.
Estas ocho preguntas que no se deben hacer suponen la enésima campaña que inicia Beijing para civilizar a sus ciudadanos desde que se le concedió, en 2001, el derecho a organizar los JJOO.
Desde entonces y paulatinamente se ha hecho más difícil ver escupir a los transeúntes en cualquier momento y lugar, una práctica aún extendida, ya que hay quien considera que expulsar gargajos es bueno para la salud, pero que ya cuenta con muchos detractores entre los propios pequineses.
Beijing también ha conseguido inculcar el concepto de cola en el imaginario de sus ciudadanos, hasta hace nada demasiado proclives a formar "melés" a las puertas de trenes y autobuses, ante las ventanillas de los bancos o en cualquier lugar concurrido, que en la capital china, con 20 millones de habitantes, son todos o casi todos.
Ceder el asiento a personas ancianas o discapacitadas, a mujeres embarazadas y a niños en los servicios de transporte público ha sido objeto de otra campaña emprendida por las autoridades que ha obtenido un éxito relativo.