Cientos de prostitutas en los llamados "barrios rojos" de Tailandia aprenden idiomas, informática y hasta baile flamenco con ayuda de activistas que reivindican la "dignidad" de esta profesión, catalogada como la más antigua del mundo.
"Tenemos centros educativos en once provincias, donde las trabajadoras sexuales aprenden idiomas, cocina o canto, así como los derechos que tienen como personas", explica Chantawipa Apisuk, fundadora de la organización no gubernamental Empower, comprometida con la asistencia a este colectivo.
En la sede de esta organización situada en Patpong, la zona de burdeles más conocida de Bangkok, Apisuk o "Noi", como le conocen sus alumnas, da a medio centenar de prostitutas una charla sobre los orígenes del Día Internacional de la Mujer, que se celebrará el próximo 8 de marzo.
La "Universidad de Empower" se encuentra justo encima del bar "Super Pussy", uno de los más antiguos de la calle en la que cada noche cientos de puestos venden artículos copiados de prestigiosas marcas a una legión de turistas.
Las chicas sentadas tras pupitres anotan en sus cuadernos y preguntan una vez tras otra "con más interés que la mayoría de los universitarios en este país", apunta Noi.
A diferencia de otras organizaciones que pretenden apartar a las mujeres de la prostitución, Empower persigue que ellas ejerzan el oficio en "condiciones laborales e higiénicas adecuadas".
La prostitución es ilegal en Tailandia, aunque según estimaciones no oficiales, en el país la ejercen unas 200,000 mujeres como medio para ayudar a sus familias, en un sinfín de locales con variopintas etiquetas que atraen la clientela extranjera y local
"Fundé la organización en 1984, cuando el sida causaba estragos entre las prostitutas y en la sociedad tailandesa en general, una gran campaña para fomentar el uso del condón ayudó a reducir esta enfermedad", relata Noi, una mujer madura y con una energía desbordante.
Desde entonces, Empower ha extendido sus enseñanzas y mensajes por casi toda Tailandia y se ha convertido en una de las organizaciones más activas en la lucha contra la propagación del sida y el tráfico de mujeres destinadas a surtir a los burdeles.
"Al principio, muchos se escandalizaban porque pensaban que la industria del sexo supone un problema moral, pero a nosotras sólo nos importa la discriminación social", indica la fundadora de la organización, educada en Tailandia y Estados Unidos.
Con el tiempo, sus argumentos ganaron peso y ahora colabora con instituciones como el Programa de Derechos Humanos de la Universidad de Harvard y organizaciones no gubernamentales de México, Perú, Bolivia o Europa que persiguen objetivos similares.