Al otro lado de la línea estaba el rey Abdalá de Arabia Saudí. Llamaba ese viernes para enfatizar personalmente su firme respaldo a los nuevos gobernantes interinos de Egipto. Y le recordó al general Abdel-Fata el-Sisi que el gobierno saudí espera "sabiduría'' a medida que se desenvuelven los acontecimientos.
Lo que había entre líneas era claro: a fin de cuentas, la inestabilidad en Egipto pondrá a prueba los planteamientos surgidos de la Primavera Arabe y los puntos de vista sobre el papel del país como un centro de desarrollo para la democracia en la región. Para naciones como Arabia Saudí, que han empleado todos sus recursos para acallar las exhortaciones en pro de reformas, nada podría ser más tranquilizador que el que las credenciales democráticas planteadas por la Primavera Arabe sean puestas en tela de juicio. Ahora podrían señalar cada vez más a Egipto como una advertencia de lo que puede pasar en los países que aspiran a la democracia, aviso encaminado a validar su posición de poder y endurecer aún más la represión de la disidencia. En otros países _desde los forcejeos políticos en Túnez a los cambios en el liderazgo de la oposición siria_ los debates entre la población están dominados ahora por interrogantes sobre si la apertura política al estilo occidental es adecuada para la complicada gama de fuerzas que las revueltas árabes echaron a andar: islamistas envalentonados, liberales ansiosos y fuerzas armadas y otras instituciones que se perciben a sí mismas como guardianes de la estabilidad.