Cuando los diablos invaden el pintoresco pueblo de Píllaro, en el centro andino de Ecuador, nadie corre ni lanza plegarias invocando protección divina, pero tampoco se queda quieto.
Personas disfrazadas de diablos llegan en medio de un canicular sol desde las montañas, por pequeños caminos, polvorientos y serpenteantes. Ingresan al pueblo con desparpajo y durante un tiempo se apoderan de las calles y la plaza al ritmo de la banda popular, mientras los comerciantes informales presurosos ofrecen cuadros de la Virgen.