Donald Trump se ha convertido en un maestro del insulto: sutil, velado y lleno de connotaciones ofensivas para el destinatario o de verdades como puños para el votante que considera que el magnate y showman dice lo que ellos solo se atrevían a comentar en voz baja.
Un ejemplo de la maestría desplegada por Trump en esta campaña, en la que las reglas tradicionales ya no valen, es el uso que hizo esta semana de la palabra schlong en sustitución de "perder" para referirse a la derrota de Hillary Clinton frente a Barack Obama en la primarias de 2008.
La palabra, jerga derivada del ídish (dialecto de los judíos del este de Europa) y que se puede traducir como pene, lo tiene todo: es ofensiva contra las mujeres, tiene connotaciones racistas y es tan difícil de definir que no se puede asegurar categóricamente que sea un insulto.
Trump tardó poco en saltar a la palestra en Twitter para defender que el uso que hizo de este verbo “no es vulgar” y significa “ser derrotado rotundamente”.
Hasta el momento, las encuestas indican que los insultos de esta campaña de primarias tan negativa están favoreciendo a Trump, que se ha encumbrado ofendiendo a los inmigrantes mexicanos, a los veteranos del Partido Republicano y, más recientemente, elevando sospechas de apoyar el terrorismo sobre todos los musulmanes.
La última encuesta de CNN amplía la ventaja de Trump en el complicado plantel de primarias republicanas del 36% al 39%, con más de 20 puntos de ventaja frente a su más inmediato rival, el senador Ted Cruz.