Algunos ven en él la posible “salvación” de Colombia, pero otros temen que su gestión como presidente lleve a una guerra a este país convulsionado por una civil de casi cuatro décadas.
Alvaro Uribe asumió la presidencia en reemplazo del conservador Andrés Pastrana, con una imagen favorable del 70% y con la ilusión de un país que cree que puede sacarlo de la crítica situación económica y social agravada por la violencia.
“Milagros no podemos esperar, los problemas del país son muy difíciles y vamos a tomarnos mucho tiempo para ver soluciones, pero actuaremos”, declaró el mandatario.
Considerado como un hombre de temperamento fuerte, directo, autoritario y quien proyecta una imagen de intelectual con su rostro bien afeitado, sus lentes finos y delgados y su estilo pausado de hablar, fue acusado durante la campaña de nexos con el narcotráfico y los paramilitares.
Por sus propuestas de campaña sus críticos lo consideran como “un guerrerista” que busca empujar a este país exportador de petróleo, café, carbón, flores y banano, al abismo de la guerra sin retorno.
A pesar del asesinato de su padre a manos de la guerrilla y de los atentados de que ha sido víctima, dice que no tiene rencores ni odios en su alma.
“Yo soy un demócrata con autoridad, un capitalista con conciencia social. Facilito no soy. Me gusta oír a la gente inteligente y soy deliberante. Soy perseverante en mis tesis y respetuoso con la crítica” manifestó.