El horror del régimen de los jemeres rojos se palpa en el parque de las calaveras de las afueras de Phnom Penh, donde existe un paseo entre fosas comunes para rememorar el terrible pasado de Camboya.
Este paraje, en el que durante muchos años estuvieron esparcidos por el suelo los restos óseos y retazos de las ropas que vistieron miles de víctimas de las matanzas del Jemer Rojo, ha cambiado por completo de aspecto con el paso del tiempo.
Los soldados que se resguardaban de la lluvia o los rayos del sol bajo la copa de un árbol y pedían una propina al visitante han sido sustituidos por una taquilla que cobra entrada y allí donde crecían los matorrales se han plantado setos y jardines.
El cable de alta tensión con que el que el Jemer Rojo electrocutaba a la gente fue retirado de Choeung Ek, que en 1988 comenzó su proceso de transformación.
Hoy, los chiringuitos de refrescos y golosinas, puestos de venta de recuerdos y un museo en el que se documenta el genocidio, completan la oferta de huesos y fosas por los que pasan cada día unos 300 turistas y unos puñados de camboyanos.