Pedir locutorio, en vez de colutorio; aspirinas fluorescentes, por efervescentes; calmantes contaminados, en lugar de los más sanos vitaminados o Piterpán por Primperán, son algunas de las traducciones que diariamente deben hacer los farmacéuticos ante las peticiones de sus clientes.
El periodista gallego, Carlos García Costoya, ha recopilado en el libro "Anécdotas de farmacéuticos. Centenares de estas situaciones, algunas casi inverosímiles, aunque él asegure que no son leyendas urbanas, ya que la ingenuidad, la sencillez, pero también una escatología poco pudorosa de algunos de sus clientes, supera la ficción más elaborada.
Casi todos hemos tenido problemas al "enfrentarnos" a la pronunciación de los extraños nombres comerciales con que las grandes empresas farmacéuticas bautizan sus productos, sobre todo hasta que éstos se hacen populares, y son muchos también los que tienen dificultades para comprender las prescripciones y las formas de aplicación de algunos de ellos.
Nadie como los farmacéuticos para explicar hasta dónde llega la creatividad de las personas a la hora de solicitar algún medicamento, que obliga a estos profesionales a echarle mucha imaginación para que el cliente-paciente se vaya satisfecho.
Así, el que pidió supositorios de nitroglicerina, regresó a su casa con unos menos peligrosos de glicerina; quien fue a buscar agua exagerada, se quedó con una más discreta oxigenada, y el hombre que pidió unos profiteroles, se fue mucho más contento con su caja de profilácticos que si, como reclamaba, le hubieran entregado unos pastelitos rellenos de nata.
Para García Costoya, la forma de presentación de los fármacos y su variedad en el mercado provoca que los clientes tengan ciertas confusiones, como una mujer que se quejaba al farmacéutico de que su médico casi le había echado de la consulta por pedir sexooral, cuando lo que realmente pedía era una receta de Seroxat.