Bastó que el presidente del Senado chileno, Andrés Zaldívar, pronunciara el nombre de Augusto Pinochet para que ayer se desatara una violenta batalla entre partidarios y opositores del ex dictador en el Congreso chileno.
Unos 200 manifestantes de uno y otro bando que abarrotaron las tribunas del Senado se trenzaron a golpes e insultos luego que Zaldívar cumpliera con el trámite de dejar constancia ante sus colegas de la recepción de una carta en la que el ex gobernante dimitió a su cargo de senador vitalicio no electo.
Pinochet, de 86 años, sostuvo en la misiva que su delicado estado de salud no era compatible con su puesto en el Congreso, luego que la Corte Suprema de justicia adujera "demencia" para sobreseerlo definitivamente de un proceso en su contra por crímenes durante su mandato, entre 1973 y 1990.
"Se recibió una carta de renuncia del senador vitalicio Augusto Pinochet y se cierra la cuenta", alcanzó a decir Zaldívar antes de que su voz fuera interrumpida por gritos de "¡ásesino!" y "¡críminal!" provenientes de grupos de derechos humanos apostados en la zona superior de la sala.
El retirado general enfrentó hasta la semana pasada un juicio bajo cargos de encubrir 75 homicidios y secuestros perpetrados por una comitiva militar llamada "Caravana de la Muerte". Pero el máximo tribunal confirmó una sentencia de la Corte de Apelaciones de Santiago que acogía la exculpación de Pinochet por "demencia", única causa que contempla la ley penal chilena para eludir un juicio.
Los seguidores de Pinochet, por su parte, ven su renuncia como un acto desinteresado y un gesto de grandeza por parte del más grande estadista en la historia de Chile.
La sala del Senado se llenó de cientos de monedas y volantes con rostros de desaparecidos durante la dictadura, lanzadas a congresistas que participaron en el gobierno de Pinochet y que devolvieron, airados, los epítetos contra sus detractores.
Al mismo tiempo, desde otra tribuna, los partidarios del ex dictador lanzaban sus propios panfletos, llenos de agradecimientos y bendiciones para su líder, quien se mantuvo ajeno a la batalla campal, recluido en su hacienda campestre, cerca de la costa central del país.
"Gracias, Pinochet, por librarnos del marxismo", rezaba uno de los volantes arrojados por un grupo de mujeres que, entre medio de insultos, ofrecía pelea a sus contrincantes. En tanto, los uniformados se llevaron más de un puñetazo en el intento. Tras expulsar a los manifestantes, los senadores sólo se limitaron a comentar los incidentes y se cerró la sesión, pese a que debían revisar otros asuntos legislativos.