"Este trabajo ha amplificado cosas que siempre han estado ahí", dijo al diario The Washington Post una de las amigas de infancia de Clinton, Betsy Ebeling. "Le ha dado una gran plataforma para las muchas cosas que siempre le han preocupado, con la diferencia de que ahora se dirige al mundo entero".
Como secretaria de Estado, Clinton ha vivido las revueltas en el mundo árabe y la operación aliada contra Muamar el Gadafi en Libia, y ha protagonizado momentos estelares, como las negociaciones sobre el destino del disidente chino Chen Guancheng el pasado mayo o las que lograron el alto el fuego entre Israel y Hamás en noviembre.
Pero también ha visto frustrados sus intentos de avanzar en las negociaciones sobre el programa nuclear de Irán, o de convencer a Rusia y China para presionar al régimen de Bachar Al Asad y frenar así el sangrante conflicto en Siria.
Esos son los casos que citan sus detractores, convencidos de que se ha desgastado en iniciativas menores que no le han deparado ningún triunfo notable.
Para un gran número de líderes de ambos partidos, sin embargo, Clinton ha revitalizado la diplomacia estadounidense con el carácter independiente y asertivo que la definen desde pequeña y el optimismo y las ganas de aprender que fue cultivando mientras crecía.
Nació en 1947 en una familia de clase media en Chicago, hija del empresario textil Hugh Rodham y su esposa Dorothy, una ama de casa.
En su juventud siguió la línea conservadora de su ambiente familiar, pero su llegada a la Universidad de Yale la convirtió en demócrata y le permitió conocer a Bill Clinton, con quien se casó en 1975 sin renunciar a su apellido de soltera, Rodham.
Fue la primera mujer socia del bufete de abogados Rose, trabajo que ejerció los 12 años en que su marido fue gobernador de Arkansas.
Su mayor prueba personal llegó en la Casa Blanca en 1998, cuando se hicieron públicas las relaciones sexuales de su marido con la becaria Monica Lewinsky.
Pese a la rabia, no abandonó a su esposo, algo que algunos achacaron a sus aspiraciones políticas mientras ella aseguraba que simplemente lo ama. Aunque no suelen dormir bajo el mismo techo, Bill y Hillary siguen hablando de sus cenas románticas cuando aparecen juntos en público, entre miradas de admiración mutua.
El futuro de Hillary es una hipótesis continua. Algunos apuestan que hibernará hasta 2016, otros creen que realmente se dedicará a lo que ha dicho: escribir unas memorias y trabajar por los derechos de la mujer.
En su última visita a China, en septiembre, el consejero de Estado Dai Bingguo le susurró: "Aún serás joven cuando seas presidenta".
Un mes después, Clinton aseguraba que esa frase le hizo reír. "Lo he descartado", dijo en una entrevista con The Wall Street Journal. "Es muy importante para mí abandonar esta increíblemente alta esfera en la que he estado, y reflexionar sobre el resto de mi vida".
Pero, casi como si le gustara dejar la puerta abierta, la ex primera dama remata con la misma coletilla todas las entrevistas: "Siempre querré estar al servicio de mi país".