El presidente de EE.UU., Barack Obama, y su rival republicano Mitt Romney se enfrentarán mañana en su primer debate presidencial, una tradición tan capaz de propulsar las campañas como de hundirlas por un solo desliz bajo los focos.
Cuando se sitúen frente a sus respectivos atriles en la Universidad de Denver (Colorado), Obama y Romney aspirarán a tener la suerte de John F. Kennedy en el primer debate televisado de 1960, cuando su oponente Richard Nixon le entregó en bandeja un importante impulso en las encuestas con su apariencia incómoda y su rostro sudoroso.
A lo largo de la historia, los debates presidenciales han resultado decisivos para terminar de perfilar en la mente del votante el verdadero carácter de un candidato al que normalmente ven parapetado detrás de un discurso que otros han redactado.
La espontaneidad a la que obliga el debate ha deparado momentos de esplendor a los candidatos, pero también ha magnificado sus puntos flacos hasta convertirlos en momentos clave en su carrera.
No fue hasta 16 años después de que Nixon sucumbiera ante Kennedy que otros dos candidatos se expusieron al escrutinio de los focos: en 1976, el presidente Gerald Ford retó a su rival demócrata, Jimmy Carter, a un duelo televisado, en el que una sola frase del mandatario le costó la reelección.
“No hay ninguna dominación soviética en el este de Europa”, aseguró Ford, en una aparente desconexión con la política internacional que “para la mayoría de los televidentes, se convirtió en algo muy importante”, recuerda el editor jefe del Wall Street Journal, Gerald F. Seib, en un documental elaborado por el diario.
Cuatro años más tarde, fue Carter quien buscaba la reelección y quien se estrelló en un único debate ante un Ronald Reagan que, apoyado en su buen porte, repetía a la audiencia la misma pregunta: “¿Está usted mejor que hace cuatro años?”.