El reloj marca las tres. Varias mujeres llegan a la plaza, se cubren la cabeza con un pañuelo blanco y caminan tomadas de la mano. Un enjambre de fotógrafos disparan sus flashes. No son actrices de cine, son las madres de los desaparecidos en la dictadura, símbolo de una lucha que ahora atrae a los turistas que visitan Buenos Aires.
Las Madres de Plaza de Mayo, quienes claman justicia por sus hijos asesinados durante en el régimen de facto que se extendió de 1976 a 1983, se han convertido en una de las máximas atracciones turísticas de esta capital, tanto como la tumba de Evita Perón o el Obelisco.
Cada jueves, los miles de turistas extranjeros que visitan Argentina atraídos por sus bajos precios hacen un alto en la histórica Plaza de Mayo, frente a la casa de gobierno, para conocer en persona a las emblemáticas mujeres que desde hace 26 años caminan en lentos círculos alrededor del monumento central de la plaza.
"Sentimos por ellas gran admiración y respeto. Sabemos de su lucha, por eso cuando se nos ocurrió venir a Buenos Aires entre las cosas que queríamos hacer era conocerlas personalmente", explica a la AP Edilberto Herrera, un colombiano de 28 años que decidió pasar sus vacaciones en Argentina junto a un grupo de amigos.
Las Madres, esas "viejas locas" como las apodó la prensa en tiempos de dictadura, son la memoria encarnada de los millares de personas que desaparecieron en aquellos años oscuros, las encargadas de divulgar al mundo las atrocidades cometidas por el régimen de facto.
Los turistas saben todo sobre ellas, las conocen en todo el mundo. En todas las guías turísticas del país figuran sus datos. Por eso cuando llegan piden conocer la Plaza de Mayo los jueves porque las Madres son "un símbolo del país como Evita y el tango"", explica Gustavo Pérez, un guía de turismo a cargo de un grupo de australianos y suecos.
"Somos reconocidas por nuestra lucha, de ahí el interés de los turistas. A veces una tiene la sensación de que somos más reconocidas afuera que en nuestro propio país"", se lamenta Visitación Folgueiras, quien comenzó a usar el pañuelo blanco días después que los militares secuestraran a su hijo de 21 años y a su nuera de 20 en diciembre de 1976.
En respetuoso silencio, algunos turistas se unen a las Madres para marchar junto a ellas y compartir su dolor. Como Andrea Van Jook, una holandesa de 26 años.
Son el testimonio viviente del horror de las dictaduras latinoamericanas. Lo que hicieron y hacen estas mujeres es admirable y "conocerlas personalmente es un honor"", dice Van Jook. "En Holanda todos las conocen"".
La atracción que generan estas luchadoras no es nueva. Sin embargo, el apogeo turístico que vive el país hace que cada jueves los extranjeros se adueñen de la plaza, superando en número a los habituales visitantes locales.