De 16 pacientes que se atienden diariamente en el Servicio de Medicina Física y Rehabilitación, la mayoría es por derrame cerebral.
Todos los casos no son iguales. Hay que establecer el tipo de daño.
Por ejemplo, Rafael Méndez es un joven de 25 años. Padeció un derrame cerebral en seco. Estuvo en estado vegetativo. Se sentía frustrado y deprimido; cuando intentaba hablar ni siquiera se entendía. Dos meses de terapia hicieron la diferencia. Aprendió como un párvulo a pronunciar bien las palabras.
Recuerda que una de las terapias que más le gustaba era del guante frío y la del cepillo de dientes en su rostro. "Me daban pequeños golpecitos en la mejilla. Era una cosquilla demasiado sabrosa, replicó entre risa. "Yo me lo hacía en mi casa".
Sus primeros pasos fueron con ayuda de una andadera y ahora maneja bicicleta lo que, advierte, hace mejor que caminar. Le dio el derrame a los 20 años por inyectarse "esteroides anabólico-androgénicos", porque alzaba pesas y quería aumentar sus músculos. Los médicos no le daban esperanza, pero nueve meses después, cuando entra caminando al consultorio, el médico por poco se cae de su silla.