Son los indios quechuas del norte del departamento de Potosí (suroeste), la zona más deprimida de Bolivia, que recorren durante dos o tres semanas las calles de las principales ciudades de esta nación, la más pobre de Sudamérica, en busca de algunas monedas.
Provienen de una región conocida como Betanzos, donde llueve un magro promedio de 50 ml anuales y, por ende, las cosechas son exiguas.
Pobres entre pobres, procedentes de una zona que entrañó hace cinco siglos la más portentosa riqueza de América, la plata del Cerro Rico de Potosí, llegan por grupos, de 10, 15 y 20 personas.
Visten a la usanza de sus antepasados que poblaron estas zonas agrestes de los fríos Andes hace más de 2,000 años.
Una sequía de más de dos años de duración los empujó a principios de los años 80 del siglo pasado, a mendigar en las ciudades.
Morían de hambre con sus cultivos calcinados bajo una canícula nunca vivida en esa zona enclavada a más de 4,000 metros sobre el nivel del mar.
Y entonces decidieron buscar suerte en las calles de las ciudades "donde los caballeros ricos", vestidos a la manera occidental, se pasean y compran regalos y comida, y bebida.
Desde entonces, han hecho de la mendicidad callejera su forma de vida, frente a los escaparates de los más elegantes centros comerciales.
Invierten 25 bolivianos (tres dólares) para trasladarse desde sus remotas comarcas y caseríos andinos, principalmente hacia las ciudades de Santa Cruz, La Paz, Cochabamba, Sucre y Tarija, las más pobladas del país, donde un desconocido para ellos, Papá Noel, vestido de rojo y luciendo anteojos y un a larga barba blanca, obsequia juguetes.
Frente a las tiendas, en plena calle, moran a la intemperie, a despecho del frío, el calor o la lluvia, estirando la mano.
"Regalame, "tata" (señor, en lengua nativa), dame 50 centavitos", ruega una mujer que frisa los 30 y que se ha instalado en una de las esquinas de la Plaza de Armas de La Paz, a escasos metros de la Policía Militar que custodia el presidencial palacio Quemado.
Los niños conmueven. Presionan a los peatones colgándose de las piernas de quienes, presurosos, intentan, en la mayor parte de los casos vanamente, sortearlos.
"Son menesterosos profesionales, que conocen los sentimientos (de paz y solidaridad) reinantes en esta época del año en las sociedades urbanas (...) de aquí sacan para todo el año", sostuvo un sociólogo que estudia el fenómeno de los "norpotosinos".
Arriban en compañía de decenas de niños y bebés, propios y ajenos. Los reclutan en sus comunidades antes de partir.
Saben que esos niños y párvulos desnutridos, sin abrigo y descalzos, son el único medio para inspirar la conmiseración de los transeúntes. Sin los menores, las recaudaciones menguan ostensiblemente.
Están a cargo de mujeres jóvenes o, en el otro extremo, ancianas.
"Oscilan entre el ocio y la miseria.
Sin estos recursos la vida les sería aún más empinada", apuntó el experto.
En estas sociedades diárquicas, con fuerte acento matriarcal, los hombres permanecen en las comunidades a la espera de sus esposas e hijos, que regresarán con provisiones de azúcar, arroz y fideos y con un promedio de 500 bolivianos (unos 60 dólares).
El dinero que recaudan es suficientes para comprar semillas, sembrar, cosechar y sobrevivir hasta la próxima Navidad.