México cierra 2014 inmerso en una profunda crisis por la desaparición de 43 estudiantes, un caso que echó por tierra la imagen positiva que el presidente Enrique Peña Nieto había proyectado al mundo con la aprobación de una ola de reformas estructurales.
Peña Nieto promulgó en agosto pasado las leyes reglamentarias de la reforma energética, que abrió el sector al capital privado tras más de siete décadas de monopolio estatal, y puso fin al ciclo reformador que inició al asumir el poder en diciembre de 2012.
El conjunto de leyes fue aprobado a pesar del rotundo rechazo de la izquierda, que apostó sin éxito a la convocatoria de una consulta popular para revertir los cambios en el sector, toda vez que la Corte Suprema de Justicia la consideró inconstitucional.
El optimismo sobre el futuro estaba en su punto más alto y expresiones como “México se está transformando”, “los astros se han alineado”, sustituyeron en el discurso oficial las referencias al narcotráfico y a la violencia.
Pero la desaparición de 43 estudiantes de una escuela para maestros del sur de México la noche del 26 de septiembre pasado cambió la narrativa y recordó a millones de mexicanos que los años duros de la violencia del mandato de Felipe Calderón (2006-2012) no habían terminado.
Los padres de familia y los compañeros de los jóvenes, tradicionalmente muy combativos, encabezaron un movimiento para exigir al Gobierno la aparición con vida de los 43 estudiantes y justicia en un país con más de 22.000 desaparecidos.
Con un plan de seguridad que no convence, un movimiento social que no tiene pinta de ceder y elecciones legislativas en puerta, Peña Nieto afronta un 2015 difícil, en el que tendrá que demostrar con hechos que el México de sus discursos no es una utopía.