Los árabes quedaron ayer huérfanos de Yasser Arafat, el único líder que pudo labrar su propia leyenda como símbolo de la causa que les une: la liberación palestina.
Desde el fallecido padre del panarabismo, el egipcio Gamal Abdel Nasser, al nuevo decano de la región, el libio Muamar Kadafi, todos los dirigentes árabes han tratado de ser ese icono pero, por distinto motivo, ninguno como Arafat perduró en el intento.
Terrorista para unos, héroe de acuerdo con otros, las decenas de biógrafos del palestino coinciden, sin embargo, en que la capacidad de supervivencia y la destreza en inventarse en torno a sí un aura intachable fueron las claves de su éxito popular.
Como en la mayoría del resto de casos de ese tipo, también en éste ambos factores estuvieron relacionados, porque tratándose del finado pocas veces las cosas parecían lo que eran.
Arafat aseguraba en las entrevistas con la prensa que había nacido en Jerusalén pese a que vio la luz en El Cairo.
Tomó parte en sólo una operación armada -en la frontera entre Jordania e Israel- pero se apodó Abu Ammar en honor a un antiguo combatiente árabe conocido por sus muchas gestas guerreras.
Propagó que Israel trataba permanentemente de asesinarle cuando la experiencia parece haber luego demostrado que, de ser cierto, hubiera compartido destino con la pléyade de dirigentes palestinos que han sufrido esa suerte.
Su boda con Suha puso fin de manera formal a las persistentes dudas sobre su orientación sexual en una sociedad donde, quizá como en ninguna otra, la homosexualidad es tabú.
Nadie en la nación árabe piensa que, sea cual fuera, su sucesor pueda igualar el fervor que despertaba en la región quien en realidad se llamaba Mohamed Abderrahman Abdel Rauf Arafat Al Qodwa, siempre tocado con su "kufiya", su sonrisa y haciendo con los dedos el signo de la victoria.
Muerte de Arafat: deja huérfanos a palestinos
Decía siempre lo que quería escuchar su pueblo, una estrategia que le permitió conservar el poder durante 44 años.