El presidente chileno, Sebastián Piñera, que termina su gobierno con un destacado balance macroeconómico, se despide en cambio del poder con un discreto apoyo ciudadano.
La buena marcha de la economía y la aprobación de algunas leyes y proyectos relevantes no han sido suficientes para elevar la popularidad de Piñera, el primer gobernante conservador en llegar a La Moneda desde la recuperación de la democracia.
El célebre rescate de los 33 mineros de Atacama, en octubre de 2010, disparó la aprobación del mandatario; aunque fue un episodio efímero y poco después la valoración ciudadana se desplomó de nuevo.
Durante su mandato, Piñera ha tratado de dar un nuevo aire a la derecha chilena y alejarla del legado de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).
Piñera incluyó en su gabinete a varios ministros con un perfil más técnico que político y no dudó en tomar decisiones con las que ningún gobierno anterior de la Concertación - la alianza de centroizquierda- se atrevió, como subir los impuestos a las empresas y cerrar una lujosa cárcel militar para violadores de los derechos humanos.
Todo esto con una economía que navegó viento en popa y unos indicadores macroeconómicos que situaron a Chile como uno de los países más prósperos de América Latina.
El Producto Interno Bruto (PIB) creció a una tasa promedio cercana al 6%, la inversión extranjera aumentó año tras año y el desempleo bajó a menos del 6%.
Piñera defiende además que ha creado cerca de 800,000 nuevos empleos desde 2010 y presume de haber reconstruido prácticamente todo lo que el terremoto y el arrasaron el 27 de febrero de 2010, pocos días antes de que él asumiera el poder.
tsunamiEn el plano político, ha impulsado la ampliación de tres a seis meses del periodo de permiso posnatal para las madres y ha promulgado leyes para reformar el sistema electoral, como la que establece elecciones primarias para candidatos presidenciales o la inscripción automática en los registros electorales y el voto voluntario.