Augusto Pinochet se marchó de la escena política y está abrumado con prontuarios por homicidios, desapariciones y corrupción, pero la democracia chilena no acaba de despejar definitivamente sus ataduras autoritarias.
El presidente Ricardo Lagos termina su mandato con una histórica popularidad del 70% , explicada en gran medida por la profundización democrática que impulsó, pero quien le suceda en La Moneda tendrá aún serios desafíos en ese campo.
Los analistas coinciden en que Pinochet dejó su impronta en la Constitución y en leyes que aún impiden a los chilenos ser realmente ciudadanos, con escasos espacios de participación en una sociedad modernizada pero de claro sello conservador.
Lo anterior, a despecho de los esfuerzos de los gobiernos democráticos que desde 1990 han tratado de ensanchar las libertades mediante reformas logradas poco a poco, frente a una oposición derechista minoritaria, pero abultada artificialmente por el sistema electoral concebido por Pinochet.