El miedo se apoderó de los mexicanos. Y tienen razón. Los crímenes atroces, de cuyas víctimas muchas veces sólo aparece la lengua enganchada con un mensaje, son motivo suficiente para que en algunas colonias los letreros de "se vende" cuelguen de gran cantidad de viviendas. Hasta directivos de periódicos importantes se han ido del país. El servicio de guardaespaldas nunca antes fue tan rentable.
Panamá América estuvo en el DF la pasada semana, y pudo palpar el temor, incluso entre los periodistas asistentes a un seminario sobre corrupción y narcotráfico.
Su expositora, Jineth Bedoya, periodista colombiana, galardonada una y otra vez por su coraje en coberturas de alto riesgo, estuvo hace un mes en la frontera de México con Estados Unidos, donde conversó con un miembro de una banda ligada a narcotraficantes mexicanos. Unos días después, sólo encontraron su lengua clavada con un cartelito de advertencia.
Ella no pudo hacer contacto con periodistas ni de Tijuana ni del Distrito Federal, porque el temor impera entre los comunicadores. De hecho, el día que llegamos al DF asesinaron al periodista Rodríguez Carreón, que dedicó 10 años de su vida a la cobertura de notas policiales. en la puerta de su casa.
Tanto es el terror, que durante el seminario, los colegas mexicanos consideraron que la única forma de acabar con tanta muerte es legalizar el consumo de drogas, para quebrar el narcotráfico.
En contraste, el resto de los periodistas latianoamericanos consideramos, que así como los capos de los cárteles de la droga de Colombia, México y Estados Unidos se han unido y, de ñapa han sumado a las pandillas más peligrosas de México, Panamá y el resto de Centroamérica para hacer rentable su negocio, es impostergable que los presidentes y autoridades judiciales de todo el continente se unan para crear un plan estratégico que enfrente este flagelo, así como a las guerrillas. Eso sí, ese plan incluye a Estados Unidos, que es el mayor consumidor de América.
Pero la situación de violencia ligada al narcotráfico ha encontrado un caldo de cultivo entre los policías y autoridades corruptas de ese país.
La realidad es tan cruda, que, como turista, recibí una advertencia: "no le pregunte nada a un policía. No confíe en ninguno".
No es para menos, tomando en cuenta que en un 70% de los casos relacionados con el narcotráfico, están involucrados policías, según estadísticas de los medios mexicanos.
Y más aún: miembros de la DEA estadounidense, acantonados en México, confían más en proporcionarles datos a periodistas que a las autoridades.
Mensajes.
A este relato se suman los actos de violencia que hay en los estados de Sinaloa, Juárez. Michoacán y Tijuana, donde las cosas han pasado más allá de las ejecuciones.
Una de las últimas modalidades es dejar los cuerpos de los ejecutados en los basureros, degollarlos o dejarlos en una olla.
Uno de los incidentes que han causado estupor, en la sociedad mexicana, es la aparición de cuerpos calcinados en tanques de desechos tóxicos, con diversos mensajes.
Este es lenguaje de advertencia que está utilizando el crimen organizado con el fin de mantener protegido su territorio y de dar a conocer quién impone las reglas del juego en el mundo del narcotráfico.