Nueva York se ha revelado como una de las ciudades con más dificultades a la hora de afrontar un apagón, por su propia configuración en torno a una isla, Manhattan, y la proliferación de rascacielos. La excesiva dependencia que la ciudad mantiene del fluido eléctrico la ha situado como la candidata ideal para sufrir nuevos apagones, lo que ha obligado a las autoridades a mantener el estado de emergencia.
Uno de los motivos de su enorme consumo son los rascacielos, construcciones que han hecho famosa a la isla de Manhattan pero que posiblemente es lo más alejado que existe del concepto de la sostenibilidad medioambiental.
La querencia que la ciudad tiene por los edificios de más de 20 plantas la convirtió en una verdadera trampa el pasado jueves, cuando la ausencia de luz eliminó el medio tradicional de moverse por su interior, el ascensor.
Los cientos de miles de empleados que pasan su jornada laboral en este tipo de edificios rememoraron, inevitablemente, lo sucedido el 11 de septiembre de 2001, cuando el pasado jueves tuvieron que bajar a oscuras, las numerosas plantas que les separaban de la calle.
Estos fueron los afortunados. Otros quedaron atrapados en el interior de los ascensores, recordando con cierto rencor que Nueva York fue la ciudad donde se instaló el primero de estos aparatos modernos, hace justo 150 años. Superada esta dificultad, se enfrentaron a otra, la de salir de un isla que depende de los túneles, puentes y el metro para conectarse con el continente.
La paralización del metro, que mueve diariamente a siete millones de personas, y el cierre de los túneles, convirtió a la Gran Manzana en un gran cuello de botella, atestado por la riada humana que trataba, a pie y sin luz, de regresar a sus hogares. El apagón suspendió de inmediato el funcionamiento del metro, donde quedaron atrapadas unas 350,000 personas, que tuvieron que se rescatadas por los equipos de emergencia.
Solventado el apagón, los neoyorquinos han tenido que afrontar en los días posteriores el complicado reto de reducir su consumo eléctrico, tarea que se ha revelado casi imposible, y que amenaza con provocar nuevos problemas. El espíritu de solidaridad que despertó el apagón hizo que, en las primeras horas, los ciudadanos cumplieran con disciplina la recomendación de las autoridades de no poner en funcionamiento los aparatos de aire acondicionado.
Sin embargo, los expertos consideran, con cierta lógica, que esta actitud no se mantendrá en una ciudad que requiere de la tecnología para contrarrestar los 40 grados que alcanza a veces en verano y los 10 grados bajo cero en invierno.