Suiza, que durante años se ha mostrado celosa de su tradicional neutralidad, fue aceptada ayer como miembro 190 de las Naciones Unidas, hecho que el presidente helvético, Kaspar Villiger, consideró "un hito histórico".
En una ceremonia en la que se izó por primera vez en la sede neoyorquina de la ONU la cruz blanca sobre fondo rojo de la enseña suiza, el secretario general del organismo, Kofi Annan, dijo que "era un orgullo tener esta bandera junto con la de los otros Estados".
El secretario general recordó los orígenes de la Confederación Helvética, que se remontan a su fundación en 1291 y destacó el país como el hogar de numerosas organizaciones humanitarias.
Villiger entre tanto manifestó que la razón para ingresar en la ONU es que su país "comparte los valores de libertad, humanidad, derechos humanos y democracia, así como de lucha contra la pobreza, el sufrimiento, la violencia y la destrucción de los elementos naturales".
El 3 de marzo pasado, los suizos votaron a favor del ingreso de la Confederación como miembro de la ONU y, según su presidente, fue "la fortaleza de la ONU después de la caída del muro del Berlín lo que convenció a la población para dar este paso".
Con el ingreso a la ONU, Suiza no abandona el principio de neutralidad tan enraizado en su cultura, sino que "esta neutralidad, que está en nuestro corazón y en nuestra sangre, se combina con la solidaridad".
"El 11 de septiembre ha mostrado lo interrelacionado que está el mundo y queremos contribuir en la lucha contra el crimen y el terrorismo internacional", manifestó.
Tras la incorporación de Suiza como miembro de pleno derecho de las Naciones Unidas, solamente el Vaticano queda como país observador en la organización mundial.
El mismo 12 de septiembre, según contó, gran parte de los trabajadores del Pentágono fueron a trabajar. "Era una obligación moral y patriótica", explica. Agrega, que no obstante, las condiciones en que había quedado el ala destruida del edificio y el penetrante olor a gasolina impidió que la faena se desarrollara de manera normal.
Fue en ese instante que Alberto Wilson reflexionó sobre la muerte de dos secretarias compañeras suyas, que aunque no compartían la misma oficina sí mantenían un intercambio constante por la labor que desarrolla en su trabajo.
Recordó que el día anterior al atentado estuvo en la oficina donde impactó la nariz del avión. "Estuve revisando un equipo computacional y conversé con algunos de ellos", acotó al tiempo que hablaba de aquellos que no murieron durante la explosión, pero que sí sufrieron quemaduras de diversos grados.
"No faltó quienes se fueran de aquí, porque no aguantaron la presión y sienten temor que algo como lo del 11 de septiembre vuelva a ocurrir. Te puedo hablar del caso de un amigo que se fue a trabajar al Capitolio huyendo por lo ocurrido y allá se encontró luego con los del ántrax", comentó entre risas.
Un año después de todo aquello, Alberto Wilson, el panameño egresado del colegio San Agustín y de la Universidad Santa María la Antigua (USMA), piensa que de todo lo ocurrido hay algo bueno que aprender, "porque antes se vivía de forma libertina pensando que los actos de terrorismo son exclusivos de algunas latitudes, pero no es así, está aquí y es real".
Destacó que así como las instalaciones del Pentágono fueron reconstruidas en tan sólo un año, así todos deben reconstruir sus vidas, sin que ello signifique que se olviden las actuaciones irracionales que cambiaron la vida del pueblo estadounidense y del mundo.