Mancharse de tinta leyendo The Washington Post será en un futuro cercano un capricho del pasado.
La histórica cabecera triunfa en internet y abraza las redes sociales, que “no son el diablo”, confiesa su director, Martin Baron.
Sentado ante una computadora en un despacho acristalado, Baron (rostro aguileño, gafas de profesor y barba gris recortada) se asemeja al capitán de un barco que, en plena tormenta, otea sereno el horizonte con la corazonada de que llegará a buen puerto.
Baron dirige esa singladura, la transición del periódico impreso al diario digital, sin perder de vista las cajas anaranjadas dispuestas para empaquetar en los pasillos de la mítica sede del rotativo, en el 1150 de la Calle 15, en el corazón de Washington.
Fundado en 1877, The Washington Post abandonará el próximo mes esa oficina, donde los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward destaparon el escándalo “Watergate” que derribó en 1974 al entonces presidente de EE.UU., Richard Nixon, para mudarse a un edificio más moderno. Ese traslado simboliza la etapa convulsa que atraviesan los periódicos en la búsqueda de un modelo económico rentable, tras el declive de la circulación de los diarios y la alarmante caída de los ingresos publicitarios en el contexto de la llamada “era digital”. “La gente está migrando a internet. Lee en webs y en teléfonos móviles. El papel no es la fuente de información para la mayoría”, afirma Baron.