POR PRIMERA vez el índice de trabajo infantil a nivel mundial disminuyó, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), incluso se espera que de mantenerse el ritmo de reducción y los esfuerzos para erradicarlo, sería factible eliminarlo en sus peores formas en 10 años.
En el informe "La eliminación del trabajo infantil, un objetivo a nuestro alcance", la OIT estima que en el mundo hay 218 millones de trabajadores infantiles, de los que aproximadamente un millón lo hace en condiciones peligrosas, poniendo en riesgo sus vidas y privándolos del derecho a la educación y al sano esparcimiento.
Es por eso que cada 12 de junio se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, que es "cualquier forma de actividad económica realizada por niños y niñas entre los 5 y 17 años", centrándose en las peores formas, como la trata de niños, el trabajo doméstico y en las minas.
Aunque Brasil concentra la mayor preocupación en América Latina, Panamá no escapa a esa realidad. Aquí se estima que 4 de cada 100 menores de edad, son trabajadores.
Si bien el índice parece bajo, no lo es, tomando en cuenta que este grupo pone en riesgo sus vidas y al no estudiar, también pierde la perspectiva del futuro.
De no haber sido rescatados de las calles, seguramente hoy Katherine fuera parte de las estadísticas sobre abuso sexual, Luis fuera un pandillero, mientras Gabriel, un ladrón, como terminó siendo su primo.
El rumbo de sus vidas cambió gracias a gente preocupada por niños en riesgo social, que los salvó de los peligros de las calles.
Desde los siete años, Katherine Ayala se rifaba la vida en las calles de la ciudad. Igual podía vender en La Peatonal como en la Tumba Muerto. Día tras día salía de su casa con su hermana, apenas unos años mayor, y no regresaban hasta entrada la noche.
Los B/.10.00 diarios, logrados en ganancias, servían de apoyo a las ventas de su mamá en la avenida Central, sin embargo, a su vez este mismo monto representaba el sacrifico de no poder estudiar debidamente.
Contrario a Katherine, a los siete años, Luis Robles no vendía, sino que pedía.
Su centro de operaciones era el semáforo de El Dorado, donde iba con sus dos hermanos, un poco mayores que él.
Mientras ellos limpiaban zapatos, "Lucho" entraba a los restaurantes a pedir.
Sucede que un día, cuando pedían dinero, un conductor al verlos les dijo que estaban grandes para estar "pidiendo plata", y de paso los insultó. Una vez arrancó el auto, los niños corrieron detrás para darle de pedradas.
Pese a sus travesuras, por fortuna a Luis nunca se lo llevó la Policía, ni vivió un incidente que lamentar.
Contrario a las vivencias de Katherine y Luis, cinco años después, Gabriel Mesúa aún recuerda cuánto lloró cuando se lo llevó la Policía.
Estaba pidiendo plata en un restaurante con su primo y un amiguito y como molestaban a los clientes, el gerente llamó a una ronda policial.
"Buscaron a mi tía y cuando llegamos a la casa, nos dieron una "cuera", contó. Lo más insólito es que ella misma les decía que se fueran a rebuscar.
Gabriel es de Yaviza, Darién, pero repentinamente quedó viviendo con su tía en Curundú.
"Como era recién llegado, yo no sabía qué era droga", recordó. No tardó en descubrirlo.
"Cuando venía de la calle, de vender los dulces, me decían: ¿quieres tu jale?.. Como les decía que no, decían que yo era homosexual", relató, asegurando que nunca se drogó.
Otro día, un niño de su misma edad le robó.
"A la segunda, quería hacerlo otra vez, pero ahí sí me le paré "de hombre a hombre", dijo, advirtiendo que su primo no le ayudó porque le tenía miedo a ese niño.
A Dios gracias, Gabriel ya no está en las calles porque le da pena. No así sucede con las clases, con 14 años, no le averguenza ir a V grado.
Así como éstos, hay muchos niños que día tras día se salen de sus casas para buscar qué comer. La incógnita es cuándo será el día que se topen con un abusador o corruptor que enrrumbe sus vidas hacia el despeñadero.
Abuso laboral infantil desaparecerá en 10 años
Entre 2000 y 2004 el índice bajó 11%. La principal disminución se dio en América Latina y el Caribe.