COMO VIEJOS son los caminos, así también los caserones que aún sobreviven en los barrios marginales de las ciudades de Panamá y Colón. Allí comparten escenario la miseria y la desdicha como amigas inseparables.
Los cambios urbanísticos parecen no haber tocado aquellas puertas. Muchas de estas viviendas han visto pasar gobiernos y gobiernos con el mismo techo a punto de colapsar.
Elizabeth Pérez de Segura sabe lo que es vivir en medio de la nada. Hace 20 años fue trasladada del inmueble que ocupaba para ubicar a los damnificados de un incendio. Ella, junto a sus vecinos, fueron mudados al corregimiento de Santa Ana, lo que hoy día es la villa comunitaria Virgen de Guadalupe en la avenida Ancón. Allí paga B/.7.50 por su cuarto.
Elizabeth narró a Panamá América que poco a poco hicieron a través de los años sus arreglos en el inmueble de madera, con esfuerzo propio y con uno que otro "granito de arena" donado por la Junta Comunal.
Las 22 familias que allí residen no recibieron la ayuda gubernamental que les permitiera mayores mejoras.
Pero, Elizabeth está clara en que ser pobre no quiere decir que "sean gente del mal vivir".
Es más, no dudó en decir que "la mayoría de la gente puede pagar sus cuartos en Santa Ana, pero hay quienes que no les gusta pagar y a ellos el Gobierno los está cargando".
Historias como las de Elizabeth se repiten en muchas de estas casas. Es gente luchadora que busca superarse, pese a la inconciencia de otros.
Justamente durante el recorrido de Panamá América un morador nos llamaba insistentemente.
El, no quiso pasar por alto la presencia de los medios y autoridades como la ministra de Vivienda Balbina Herrera que esa mañana visitaron el lugar.
Era un sitio a pocos metros de la junta comunal de Santa Ana. Observamos las aguas negras que corrían por las veredas y salían de los cuartos de las Barracas 1, 2 y 3, así mientras los balcones parecían pedir ayuda a gritos.
La preocupación de aquel residente radicaba en que en medio de aquello, cinco niños inocentes jugaban sin medir las consecuencias de que el viejo balcón podría caerse en cualquier momento.
Una de las autoridades que escuchaba la queja alcanzó a señalar que "algunos moradores son muy cochinos y por eso tienen el lugar así".
Los funcionarios municipales aseguraron que los residentes de estas barracas que bordean el cementerio Amador serán reubicados a mejores viviendas poco a poco.
Lo cierto es que no todo es tan malo como se ve. Así lo corroboró la titular del Ministerio de Vivienda (MIVI).
En la villa comunal donde reside Elizabeth hay un ejemplo que la autoridad quiso destacar.
Y es que a su llegada observó el patio limpio, árboles y un ambiente realmente diferente, hasta el color fue cambiado, creando un estilo caribeño.
Es por ello, que se dispuso a conocer cómo lo habían hecho. Los moradores se lo contaron y Herrera decidió escoger a las familias de este lugar para un programa de revitalización del inmueble, al no poder hacerles nuevas viviendas.
A la ministra la acompañaba el reconocido cantante "El General".
El autor de "muévelo, muévelo" se propone llevar adelante un programa social en Colón. Lo que vio ese día será seguramente la base sobre la que fundamente su iniciativa.
Vivir en medio de condiciones inhumanas no es el único problema. Cuando llega la hora de partir, otra difícil historia da inicio.
Virginia Miranda, directora Nacional de Desarrollo Social del MIVI, explicó que el proceso de reordenamiento no es fácil.
Según dijo, deben tomarse también en consideración los hábitos de las personas que habitan en estas casas condenadas.
Se necesita persistencia porque definitivamente no se les puede "cambiar de la noche a la mañana".
Debe recordarse, dice Miranda, que viven en hacinamiento y son barracas deterioradas en ausencia de servicios básicos, así ha venido siendo gobierno tras gobierno. Eso significa que el cambio debe ser también paulatino.
La funcionaria dio a conocer que la expectativa es que en los próximos cinco años se disminuya en un 50% el número de las barracas y casas condenadas, "es un plan agresivo".
El plan del MIVI es efectuar un diagnóstico para conocer cuántas familias requieren ayuda inmediata. El mecanismo que ya se está utilizando es el de entrevistas casa por casa y los resultados, según dijo, está siendo muy alentadores.
Sólo en los albergues de las ciudades de Panamá y Colón habitan 2,724 personas.
El total de familias que residen en viviendas precarias es de 5,830 en la ciudad capital y 4,103 en la costa atlántica.
Según dieron a conocer autoridades del MIVI, la expectativa es poder reducir en un 50% el número de barracas y casas condenadas en los próximos cinco años, por lo que ya se está trabajando en eso.
Conviviendo con la miseria
Algunos parecen tener conciencia de que la limpieza y el mantenimiento debe empezar por ellos mismos. Siendo así, el trabajo en equipo en sitios como la villa comunitaria Virgen de Guadalupe, les ha permitido dar una imagen remozada a sus casas. Estos edificios serán el ejemplo a seguir en otras regiones del país como Colón.