Nación

Cuando el miedo se convierte en obstáculo


Para triunfar la chilena Patricia Verdugo logró vencer todos los miedos, excepto uno: perder a sus hijos. Ya pasó por eso dos veces, cuando era muy joven. Ahora tiene tres: de 31, 27 y 16 años.
"De los 23 a los 27 años enterré a dos de mis bebés". Ambos enfermaron gravemente y a los pocos días murieron. El primero, tenía sólo un año y un mes y la segunda falleció a los dos años, contó Patricia a El Panamá América en su habitación de un hotel de la localidad poco antes de presentar su nuevo libro.
"Allende: Cómo la Casa Blanca provocó su muerte", es el nombre y en él dedicó mucho tiempo a la investigación de cerca de 17 mil documentos desclasificados por la Casa Blanca de Estados Unidos.
Tanto trabajo logró recompensa cuando este año en febrero el secretario de Estado, Colin Powell, comentó que "lo que respecta al señor Allende no es parte de la historia de Estados Unidos de la que podamos sentirnos orgullosos".
Para Patricia, precisamente en hacer frente a los temores radica la clave del éxito de su carrera periodística. Sus casi una decena de libros confirman lo dicho.
La autora de "Los zarpazos del puma" presentada como prueba en los tribunales durante el juicio al dictador Augusto Pinochet, está convencida de que el periodista con miedo no sirve.
"Le tememos al abandono, desempleo, la pobreza y hasta los retos. Dejamos de tomar decisiones por miedo", explica, mientras enciende un cigarrillo, de los que se confesó aliada.
Cuando una persona tiene un trauma acude al analista pero cuando una sociedad tiene un problema "¿dónde va?", nos pregunta y sonríe... a los medios.
En la vida de Patricia las cosas no han sido fáciles. Salió de la secundaria con aquel deseo, como las mujeres de su época, de alistarse en una profesión que le permitiera "ser profesional y dedicarse a la vida hogareña".
En la Odontología parecía estar la respuesta, hasta entonces. Sin embargo, era consciente de que no era lo suyo.
Pero, cómo explicar a sus padres que quería ser periodista si para aquellos días la labor de los reporteros o peor aún, las reporteras, sólo podía asemejar a la de "las prostitutas. Sin horarios ni sitios fijos. Bien en un bar o en la calle".
Rápidamente recibió un no como contestación. Perseverante y tenaz, insistió hasta lograr su cometido, no obstante, le tocó acceder a la condición impuesta: "la Universidad Católica de Santiago de Chile. Allí se formó periodísticamente".
En tiempos de dictadura correspondía agachar la cabeza pero para Patricia eso era muy difícil. En su lugar emprendió una lucha a toda "pluma". Sus denuncias e investigaciones empezaron a cobrar fuerza.
Los detalles contenidos en su primer libro, "Detenidos Desaparecidos, una Herida Abierta", fueron conocidos en la clandestinidad. El visto bueno de la censura militar era poco probable y mientras se decidían a un sí o un no, miles de ejemplares daban la vuelta en los circuitos clandestinos de lectura de Chile.
Con ello probó que a los encarcelados en su país los desaparecían sin dejar rastro. Confirmó lo que sólo eran rumores.
Estaba decidida a darle la batalla a Pinochet a través de las letras cuando a su ferviente deseo se le añadió la tónica determinante.
El cuerpo sin vida de su padre, Sergio Verdugo, secretario general del Sindicato de la Construcción en Chile, el más numeroso, fue hallado en una importante vía de la capital. Lo asesinaron, luego de encarcelarlo y con ello, ahora, además de periodista, Patricia era víctima del régimen. "Podía escribir sin ponerme en los zapatos de los familiares de los desaparecidos... yo era uno de ellos".
En escribir libros encontró su nueva pasión. Allí no había tiempo ni espacio y desde entonces no ha parado.
Patricia es una mujer segura de sí misma. Habla en tono convincente y parece meditar cada frase antes de revelarla. Los años parecen haber dejado de llamar a su puerta. Luce joven. A una expresiva sonrisa que perduró durante toda la entrevista podría adjudicársele la responsabilidad de aquella imagen radiante.
A cada episodio de su vida narrado ella agregaba el dulce sabor de amar lo que se hace y buscar siempre cómo disfrutarlo. Tan es así, que al ser mujer y periodista en los días dictatoriales le llama "un plus".
"Una dictadura es el símbolo máximo del machismo, atacar a una mujer tiene doble costo, es más cobarde, lo que nos da más campo de acción".
Es así como aprovechaba lo que le quedaba a mano no olvidando su principal propósito. Los chilenos debían enterarse del costo humano de la dictadura. "Eramos un país ordenado. Nadie se atrevía a protestar o hacer huelgas cómo convencerlos (a los ciudadanos) de que no todo andaba bien".
Por 10 años, cuenta, los chilenos vivieron el encierro entre las paredes de sus propias casas. Se decretó toque de queda todas las noches. "Y aquí no pasa nada, decían muchos".
"Era sólo trabajar y trabajar para encerrarse en las noches. Así se construyó el milagro económico chileno", sostiene y ríe sorprendida aún, como si los años no hubiesen transcurrido.
Ella era menos conformista. A su juicio, ese orden era el producto de las cárceles secretas, los recintos de tortura y el "terror que tenían y no se atrevían a confesar". Esa fue mi primera tarea: "convencerlos".
Para el fin de la dictadura de Pinochet, en 1998, cuando fue detenido en Londres, la jovial escritora de cabellos canosos tenía ya a su haber cuatro libros dirigidos a denunciar las violaciones a los derechos humanos.
"Quemados Vivos", fue otro de sus títulos. Cerca de 1983, una pareja de jóvenes salió a protestar y una patrulla militar los detiene y rocía de combustible, quemándolos vivos como advertencia para quienes se quejaban públicamente. Tocaba ahora buscar las pruebas y Patricia lo hizo, una vez más.
Le costó ser demandada por "ofender a las Fuerzas Armadas. En ese momento, al acusarme el propio dictador, mi vida corrió peligro".
Se propuso dar la cara, como lo había hecho siempre. Un abogado de la Iglesia Católica tomó el caso y al preguntarle el fiscal militar sobre la demanda, ella dijo: "quienes ofenden a las Fuerzas Armadas son aquellos que usando uniforme tienen conductas criminales". La justicia falló a favor de Verdugo y "ganó el periodismo chileno". En más de una ocasión Patricia y su familia fueron amedrentadas pero no claudicó.
Con "Andrés de la Victoria" contó la historia de un sacerdote a quien una bala cegó la vida, durante la lectura del Evangelio y con ello, el testimonio de centenares de víctimas más. "Y muchos seguían sin creer".
Según dijo, se puede partir de la afirmación genérica de que todos los crímenes durante una dictadura son responsabilidad del dictador pero otra cosa es comprobarlo ante la justicia.
La investigación "Los zarpazos del puma" deja de lado los supuestos y lo prueba. La obra fue aplaudida y repudiada, como era de esperarse, sin embargo, el proceso judicial contra Pinochet se hizo sobre la base del libro y para ella, como periodista "fue especial", pues la causa judicial más importante en toda la historia de su país se apoyó en lo que escribió. Las investigaciones siguen en curso.
Patricia partió de Panamá para continuar su peregrinar por varios países "presentando a su nuevo hijo literario", sin embargo, siempre que puede, le roba un par de horas y con suerte uno o dos días, a esas "presentaciones en sociedad" para volar a lado de sus hijos y su esposo, un hombre comprensivo que conoce y respeta su oficio.
Pero mientras vuelve a zambullirse en pilas de papeles para tramar otro escrito, reconoce que después de todo, algo le debe a la dictadura: "me enseñó a vencer el miedo y vivir decentemente".


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134606
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América