A sus 23 años de edad, Eduardo aprendió la lección de su vida. Los duros días que pasó durante un año en la cárcel La Joya lo llevaron al borde de la locura y hasta a pensar en el suicidio.
Sus días estaban llenos del terror de ser atacado por otros reclusos; estaba mal alimentado; lidiaba con olores nauseabundos y compartía con gente que hubiera querido no conocer nunca en su vida.
El joven puede contar hoy su historia fuera de los barrotes, luego de haber sido beneficiado con una medida cautelar. Ya desapareció el profundo sentimiento de soledad que lo llevó, en varias ocasiones, al llanto.
"Es que allá adentro no hay alternativas, sólo aprendes a ser más malo, a desconfiar de todo el mundo y sobrevivir a cualquier precio; todas las esperanzas se pierden, porque sabes que ya no tienes más oportunidades", añadió.
La realidad de Eduardo la viven 11,000 reos de las cárceles del país, en donde el hacinamiento, la violencia y el consumo de drogas pueden llevar a un interno al límite de sus capacidades mentales.