Hoy, aunque Rolando Alvarez Franco está en el mismo sitio de hace cuatro años, algo lo ha hecho diferente. Es más fuerte, ha dado pasos importantes en su vida, tiene más confianza en sí mismo y ve la vida muy diferente.
Quizá porque el contacto cálido con los clientes del banco donde laboraba, las fiestas con sus amigos y las reuniones en familia dieron paso a otras experiencias que le dejaron profundas huellas.
Noches largas, solitarias, frías y de inconsolable lloro, donde la amenaza de muerte estaba al acecho si faltaba a una palabra empeñada, al pago de una deuda, ya sea por apuesta o droga o por haber tomado algún artículo de un compañero.
Aunque parezca irónico, hay un sitio donde eso se aprende, la cárcel, y tiene precio, la vida. Allí la palabra empeñada tiene tal valor, que si se pierde se paga con la existencia.
El personaje de esta historia, Rolando Alvarez Franco, fue detenido junto a su compañero de trabajo, Jorge Luis Pérez Camaño, quien fue acusado por el Dr. Marco Antonio Rodríguez Becker de haberle hurtado un reloj marca Cartier y un collar. El Dr. Rodríguez Becker, en un momento de confusión señaló a Pérez Camaño como el autor del ilícito por el parecido con el verdadero delincuente. Rolando Alvarez, por estar en compañía de Pérez Camaño, fue detenido al igual que la tercera persona, Arturo Morán.
Ahora, Rolando sabe lo que es estar en la cárcel injustamente. Ver personas que después de 20 ó 25 años recobran su libertad, o en el peor de los casos mueren en una reyerta y cuando se tiene su perfil resulta que eran inocentes.
Conoce lo que es estar horas esposado contra una pared, sometido, ser el blanco de las cámaras de la prensa, a ser tratado con hostilidad como a los delincuentes, asesinos o violadores y del maltrato psicológico para que acepte la comisión de un delito.... Pero, ¿cuál?
Ante el mutismo de las autoridades se preguntaba: por qué estaba detenido, de qué lo acusaban y dónde estaban las pruebas. El tiempo, que se hace eterno en situaciones como esas, le ayudaba a encontrar posibles respuestas.
Mala suerte, jugada del destino, cuestión del azar o tal vez para que fuera vocero de las injusticias y violaciones que se cometen en el sistema de justicia y en las prisiones. Pero en su caso fue el hecho de estar con un amigo quien guardaba parecido físico con el verdadero delincuente: un miembro de la banda roba Rolex.
Rolando, como toda persona acostumbrada a su libertad, pensaba que ese error en minutos se corregiría, pero las vistas de un noticiero local lo estremecieron: Atrapan banda roba rolex. El y sus amigos los integrantes.
Su rostro se tornó pálido, su cuerpo quedó sin respiración. Se le estaba acusando de ser integrante de esta banda tanto solo porque uno de sus amigos y compañero de trabajo, Jorge Luis Pérez Camaño, se parecía a Rigoberto Arcelio Juárez, quien había cometido el ilícito.
Nunca olvidará ese sábado de carnaval, 8 de febrero de 1997, cuando el destino le cambió un tiempo de fiesta y juerga por cinco meses de agonía y de impotencia entre un centro de la Policía de Betania, Ancón, San Felipe, la Policía Técnica Judicial (PTJ) y la cárcel La Joya.
Tampoco Rolando borrará de sus recuerdos aquel hombre con chaleco de la Dirección de Investigación Policial (DIIP) que con actitud hostil los esposó a él, a Jorge Luis y a Arturo Morán.
Mucho menos la actitud necia de la parte acusadora, quien en una confusión señaló a su amigo Jorge Luis y por lo tanto a él de haberle robado un reloj Cartier y un collar, acusación de la cual nunca se retractó.
Desde ese momento, la agonía, el tedio y el sufrimiento caminaron de la mano con estos jóvenes y sus familias. Vivieron la eficiencia del sistema carcelario de la PTJ y estuvieron en sus celdas con criminales, delincuentes comunes, violadores, asaltantes y asesinos.
Sintieron lo que es tener un pie entre cuatro paredes y un techo, donde no entra la luz del sol, la oscuridad de la noche y el aire, y el mundo que encierra La Joya parecido a las mismas puertas del infierno, donde uno se resigna cuando se está en un aprieto sin habérselo buscado. ¡Increíble!
Lo más difícil fue aquella primera noche cuando la angustia de saber si saldría vivo de allí, si volvería a ver su familia y a tener una vida normal, lo aniquiló en el pasillo del pabellón 2.
Pero, como la gracia de Dios es infinita, una luz se presentó al final del túnel. Uno de los detenidos lo llevó a su celda. De repente puede ser que un ángel lo estaba cuidando, porque lo que comúnmente ocurre es que a los recién llegados los dejan durmiendo en los pasillos de la galería hasta que encuentren a alguien que les dé un espacio, que afortunadamente consiguió. A su compañero Jorge Luis le asignaron otra galería porque había entrado antes que él.
En dos ocasiones, en todo el tiempo que estuvo en La Joya, consiguió hablar con su madre a quien dejaba destrozada. Le rogaba a Dios que se le ablandara el corazón a ese hombre y le dijera bueno me confundí, lo lamento mucho, cualquier cosa con tal de salir de ese suplicio.
El apoyo del compañero de celda fue vital. Se hicieron amigos. Le contaba de su familia de su esposa y de la hija que había dejado allá afuera. De los errores cometidos y que estaba pagando allí. Era muy respetado dentro de La Joya porque venía de la Cárcel Modelo y había impuesto una posición de mucho respeto con todos los demás presos.
El deporte y los ejercicios, las visitas de su familia y las cartas de amigos y compañeros de otros trabajos y del actual, alentándolo lo fortalecieron cuando en las noches el llanto se apoderaba de él.
Sus familiares perdieron desde dinero, empleo, hasta la vergüenza por el trato que recibían en cada visita, más no la esperanza en un milagro que llegó la mañana del 10 de julio de 1997, cuando una sensación celestial le hizo sentir como si le abrieran una jaula y saliera volando. Ahora podía decidir qué hacer, dónde ir.
Sus pasos lo condujeron a la sucursal de Global Bank, en El Dorado, a saludar a sus compañeros y autoridades que tanto lo apoyaron. Después, a su casa en Patio Roché donde con delirio abrazó a su madre, saludó a sus vecinos, le dio gracias a Dios, disfrutó una buena comida y un plácido sueño, que no pudo conciliar en los cinco meses en prisión.
Aunque la justicia no hizo nada para limpiar su nombre, Rolando fue reintegrado al Global Bank en su posición de cajero, ahora con más experiencia, un título universitario en Administración con énfasis en Banca y Finanzas, muchos proyectos como estudiar un postgrado, luego una maestría y continuar otros estudios en el exterior.
Hoy Rolado forma parte de la historia que registraron los medios de comunicación: Alfredo Eduardo Vallarino Alemán cabecilla de la banda roba Rolex se confiesa culpable de todos los cargos.
Error, confusión, jugada del destino. Pero lo cierto es que si la justicia se equivoca, ¿quién la corrige? ¿Quién pagará a Rolando y a miles como él todo el tiempo perdido, las humillaciones y el ser acusado o implicado injustamente en un hecho delictivo? Sólo les queda el consuelo que su experiencia sirva para que otros no pasen por lo mismo.