Nación

Decenas de personas penden del reciclaje en el vertedero


El sol calienta y pica. Son las 9:00 a.m.. A esa hora, Wilintín Martin golpea la tierra con una rama seca como si quisiera matar la impaciencia.

De pronto, el ruido de la máquina de un volquete, de la empresa PWM, rompió la calma en la polvorienta calle a la entrada de Cerro Patacón, allá en las cercanías del estadio Rod Carew.

 

El camión recorrió siete kilómetros desde Albrook Mall, cargado con ocho toneladas de cartones, plásticos y residuos de comida, un banquete que se pelearán los gusanos, los gallinazos y los pepenadores. Al final del día, cada uno tendrá su parte.

Lo que le causa asco y repugnancia a los visitantes del centro comercial, para Wilintín Martin es dinero en potencia. Viaja todos los días desde un albergue temporal en Curundú a probar suerte con las piltrafas que se recogen en las calles, veredas y edificios de Panamá y San Miguelito. En el negocio no hay pérdidas, algo se tiene que sacar de las mil 200 toneladas de basura que dejan los 400 camiones que ingresan diariamente al vertedero, a la inmensa montaña de basura, que no puede subir más de 120 metros.

 

En un día con suerte, Wilintín Martin se puede hacer hasta 200 dólares; todo depende del hierro, del cobre y del aluminio; en fin, del material reciclable que se encuentre.

No es el único que se gana la vida con lo que los demás desechan. Las autoridades también autorizaron a otras 300 personas a ejercer el oficio de segregadores; hombres y mujeres que acuden diariamente a rebuscar entre las capas de basura que derraman los camiones de la Autoridad de Aseo y los de otras 35 empresas que recogen los desechos.

Como todo oficio, la tarea requiere de mucha habilidad. De hecho, en Cerro Patacón hay gente con mucha más experiencia de la que Wilintín Martin aprendió.

 

El secreto está en llegar temprano, a eso de las 7:00 a.m. cuando apenas amanece. Al menos, le ha funcionado a Ángel Cruz, quien junto a Wilintín Martin recorren las 132 hectáreas destinadas al depósito de basura. Ángel Cruz es de pocas palabras y tiene la piel rallada por las cicatrices que le causó un hierro que no pudo esquivar por un mal cálculo. A pesar de los incidentes, sabe bien como maniobrar para subirse en un camión en movimiento. Lo hace mucho más rápido que los otros, que como arañas se pegan en los costados del carro, quitan la lona, cuelan la mirada y evalúan el cargamento. Es así como comienza la carrera.

Una vez que se paga el importe en la entrada de Cerro Patacón -que puede costar entre 14 y 17 dólares por cada tonelada- el camión recorre una distancia de 50 metros hasta llegar a un primer filtro: la galera de segregación, que es de dos hectáreas a donde va a parar el kilo diario que se produce en las 300 mil vivienda que hay en la capital.

Allí, en esa área, otra decena de pepenadores esperan a que el camión descargue por completo una mezcla viscosa y mal oliente, pero que en pocas horas se puede convertir en los 200 dólares que representa el día más jugoso de trabajo para un segregador.

 

Entre cada descarga, Wilintín Martin y Ángel Cruz buscan una sombra para recuperar fuerzas y volver a la faena. El lugar de descanso está muy cerca del camino de los residentes de Kuna Nega y Mocambo; dos comunidades que sobreviven sin agua potable, sin alcantarillado y otros servicios básicos, a pesar de que está a menos cinco kilómetros del corazón de la ciudad. El camino es paso obligado para otros camiones, ya que en Kuna Nega hay otros tres vertederos improvisados. Nadie le pone freno, con el argumento de que la vía es pública.

La tarde cae y las fuerzas disminuyen. El lodo y el mal olor penetran las rasgadas y enlodadas vestimentas. Wilintín mete su mano derecha en el bolsillo y saca su celular, de seguro, para amarrar un embarque que le represente una mayor ganancia.

El negocio de la basura no solo mueve a Wilintín y a Ángel. Dos empresas extranjeras han mostrado su interés en hacer dinero con los desperdicios, desde que en 1985 se tiró la primera tonelada de basura en Cerro Patacón, hasta esa fecha operó el "Dompin" de Panamá Viejo, hoy Costa del Este.

La primera empresa es de capital español llamada Urbaser, la cual empezó operaciones en el 2008, luego de un contrato con el Municipio de Panamá por el que se tuvo que desembolsar 15 millones de dólares. Dos años después, el contrato se le cedió a la empresa colombiana Urbalia, por 13.5 millones de dólares, para completar el periodo de 15 años que dura la concesión.

La jornada para Wilintín Martin termina a las 5:00 p.m., sin embargo, los camiones siguen pasando, una oportunidad para aquellos que quieren llevar unos dólares más a sus casas.

Los bultos de latas, hierro y cartón que acumuló los entregan a un comerciante que se dedica al reciclaje. Luego de recibir su paga, se limpia un poco y espera un autobús de vuelta a Curundú. Mirará un rato la televisión antes de que nuevamente, debajo de su cama, suena la alarma para ir al vertedero.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América