Washington-El gobierno del presidente Bill Clinton parece que ha decidido enfrentarse al senador Jesse Helms, uno de los líderes del grupo de políticos de la ultraderecha que a fines del pasado año encabezó un esfuerzo por impedir el retiro de las tropas de Estados Unidos de Panamá.
Como presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Helms es una de las figuras más poderosas de la oposición republicana y la semana pasada causó una sensación cuando anunció ante el Consejo de Seguridad que "si las Naciones Unidas pretende imponer su supuesta autoridad sobre el pueblo estadounidense sin su consentimiento, está pidiendo pelea y, para ser franco, la eventual retirada de Estados Unidos".
Por lo general, la Casa Blanca deja pasar las declaraciones del senador, por improbables que sean, para evitar así un enfrentamiento que resulta en represalias como el rechazo de los nombramientos de diplomáticos y otras acciones que requieren la aprobación del importante comité.
Sin embargo, ayer Clinton envió a la secretaria de Estado, Madeleine Albright a las Naciones Unidas para reparar el daño causado por la presentación de Helms, que muchos diplomáticos extranjeros desecharon como arrogante y aislacionista en extremo.
"Voy a ser clara", dijo Albright. "Sólo el presidente y el poder Ejecutivo pueden hablar por los Estados Unidos. Hoy, en nombre del presidente, quiero decirles que la administración de Clinton y yo vemos nuestra función en el mundo y nuestra relación con esta organización de una manera muy distinta que el senador Helms".
Albright dijo que Helms es "un hombre de convicción y un firme defensor de un punto de vista distinto sobre la relación entre las Naciones Unidas y Estados Unidos".
Aunque Helms, así como un grupillo de congresistas en la Cámara Baja, pasaron meses denunciando a Clinton y al departamento de Estado por no insistir ante Panamá que se mantuviera una fuerza militar, preferiblemente con la base aérea de Howard, aún tras el cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter, la Casa Blanca nunca subió de tono en repeler estos ataques.
Sin embargo, tampoco vaciló en cumplir cabalmente con los tratados y en rechazar las exageradas voces de alarmas sobre una supuesta conjura china para vulnerar la seguridad del Canal. Los voceros del gobierno también descontaron los alegatos de extremistas como el congresista Dana Rohrabacher, que al peligro chino le agregan una inminente infiltración de la guerrilla colombiana por la selva del Darién.
Por cierto, en el caso de Panamá hay funcionarios dentro del mismo gobierno que comparten cierta impaciencia por la insistencia con que las autoridades panameñas, que exigieron el fiel cumplimiento de la retirada de los últimos militares estadounidenses antes del mediodía del 31 de diciembre, ahora demandan que regresen las unidades a cargo de la limpieza de los polígonos de tiro donde aún permanecen explosivos sin detonar.
"Parece que los panameños hoy día se olvidaron que durante medio siglo nuestras bases también tenían la función de defender este país", según un funcionario estadounidense que se quejó ante este corresponsal.
Este aire casi de resentimiento ante una supuesta falta de apreciación por lo que Estados Unidos ha hecho por el bienestar y la libertad del resto del mundo, es lo que también está detrás de los que, como Helms, parecen detestar a la ONU porque consideran que se inmiscuye en los asuntos internos del país.
Lo que es más irónico todavía es que este rechazo del nuevo "internacionalismo" o "globalismo" tras la guerra fría, no toma en consideración que Estados Unidos es el mayor moroso de la organización, a la que le debe en exceso 1,500 millones de dólares.
Helms, un declarado amigo del general Augusto Pinochet, no dejó en el tintero ninguna de las cuestiones que rigen la relación entre las Naciones Unidas y la primera superpotencia mundial, desde la deuda a la soberanía.
Desde un primer momento dijo que no es un diplomático (fue un comentarista de radio antes de ser electo al Congreso en el estado de Carolina del Norte) y que no pretendía ofender. Pero ofendió.
Un diplomático europeo dijo al corresponsal de La Vanguardia de Barcelona: "Ha blasfemado abiertamente contra la Carta de la ONU, contra la legislación internacional y contra todo lo que creemos las naciones democráticas".
En este contexto, el gobierno casi no tenía remedio que cambiar de táctica y enviar a la secretaria de Estado, que representó a su gobierno ante la ONU durante el primer periodo de Clinton.
La presentación de Albright tuvo como marco el debate del Consejo sobre la álgida situación económica y la hambruna que sufre el continente africano que este mes se produce bajo la presidencia del ingenioso representante permanente de Estados Unidos, Richard C. Holbrooke.
El primer funcionario invitado por Holbrooke para ocupar la silla de la presidencia tras el primero de enero fue el vicepresidente Al Gore, quien, si gana las elecciones del próximo noviembre, podría nombrar al diplomático como su secretario de Estado.
Le siguió Helms quien, tras recordar que la incapacidad del presidente Woodrow Wilson para ganarse el apoyo del Congreso impidió el ingreso de Estados Unidos a la Liga de las Naciones en 1917, no dejó ni sombra de duda sobre que, si la ONU no cumplía las condiciones impuestas por "los representantes de los contribuyentes estadounidenses" para pagar los 926 millones de dólares aprobados por el Senado "eso representaría el principio del fin del apoyo de Estados Unidos a la ONU".
Dos embajadores, el canadiense y el holandés, así como un diplomático africano, se atrevieron a criticar cortés, pero nítidamente, al senador por poner unilateralmente condiciones para pagar su deuda y por disparar contra el futuro Tribunal Penal Internacional.