Para Adalberto Navarro un bombero permanente de 40 años de edad, el día amaneció como de costumbre. El bullicio de la gente, el motor de los buses y un tenue Sol de principios de invierno no vaticinaban la desgracia.
No había dinero suficiente para comprar el pan, pero Navarro se levantó y aspiró profundamente al mirar por la fría ventana del cuarto 16. La vida le sonreía, tenía familia, hijos y un trabajo que aunque no proporcionaba los ingresos suficientes, permitía expresar con algo de vanidad que se estaba trabajando.
Navarro desayunó, miró televisión y soñó con el sábado, cuando se tomaría algunas "frías" con sus amigos, y luego volvió a recostarse. Un grito infantil lo despertó. Era su hijo quien lo avispó sobre algo que ocurría en la casa de enfrente, la de sus vecinos.
Navarro, asustado corrió hacia la puerta, tomó la vieja franela que usó en la miniliga de Plaza Amador y se dirigió al cuartel de Bomberos más cercano y aunque ágil sus reflejos, su aviso era tardío, era poco lo que podía hacer, el siniestro ya era adulto.
El incendio se inició en la casa de al lado de la de Adalberto Navarro, a eso de las 2:36 de la tarde. En la vieja casa en donde se congregaba la gente del mal vivir, los rechazados por la vida, pero muy populares, piedreros.
Según relató el propio Navarro el calor era insoportable se veía a la gente gritando y corriendo de un lado para otro, tratando de sacar algunas de sus pertenencias.
Los niños, aunque asustados observaban con admiración aquellas llamas que dejaban estupefactos a propios y extraños.
"Cuando salí al balcón y miré hacia el epicentro de fuego, este ya era grande, se había desarrollado y las chispas de candela saltaban hacia los inmuebles vecinos y amenazaban con consumirlos", recordó Navarro con lágrimas en sus ojos.
Según él, los bomberos llegaron inmediatamente pero para mala suerte la brisa, el peor enemigo de los "camisas rojas" en estos casos, aunado a la baja presión del agua y a la condición de los viejos inmuebles, hicieron que el esfuerzo de estos "héroes anónimos" se convirtiera en infructuoso.
Comentó que en el fuego ardió todo con la rapidez de la brisa. Televisores, viejos retratos de infancia, cartas secretas de amor y libros viejos cansados de ser leídos, dejaron de ser en unos cuantos minutos.
Empero, el espíritu de lucha de la "gente humilde y trabajadora" que había forjado sus sueños en cuatro paredes de vetusta madera, permaneció imperturbable e inamovible, pese al calor, destacó.
"Aunque he perdido todo lo material, puedo seguir adelante porque tengo a mis hijos, mis padres y abuelos, y eso vale más que cualquier cosa material que se pueda alcanzar en esta vida", replicó Navarro.
Sin embargo, Cristina González, una simpática y obesa mujer de 25 años que residía en el cuarto 18, no observó los hechos de la misma manera. Cuando se inició el incendio hacía lo de costumbre, lo habitual se ganaba algunos dólares en lo que sabe hacer con maestría, planchar toneladas de ropa.
Al conocer la noticia, corrió varias cuadras sin parar, pensaba en su hijo de cuatro años y en sus tres hermanos que estaban solos en la casa.
Una vez en el lugar corrió hacia el cuarto que empezaba a incendiarse, pero ya los suyos no estaban allí, se asustó, pero un grito la llenó de valor. Marta su vecina ripostó de lejos, "ya no están allí salieron y están a salvo".
Cristina, se alejó del lugar envuelta en lágrimas y se encontró con su esposo y ambos fundieron sus manos y corrieron hasta donde estaban sus vástagos. El espectáculo era impactante e inusual, las llamas con voracidad continuaban consumiéndolo todo; los retratos viejos de infancia, las cartas secretas de amor y los viejos libros cansados de ser leídos, menos la esperanza de los santaneros que vivían en aquellos viejos inmuebles.
Según Cristina González, que residía desde hacía 17 años en el lugar de los hechos, en esos viejos caserones moraban, estudiantes de la Universidad de Panamá, trabajadores de la antigua Zona del Canal, buhoneros, trabajadores manuales, vendedores, billeteros y uno que otro oficinista de III categoría.
Mientras, Berta Raquel Rodríguez, con 24 años a su haber y con pequeños
de 5 y 2 años de edad, consideró el incidente como frustrante.
De acuerdo a Rodríguez, cuando se inició el siniestro se encontraba en su trabajo en un almacén ubicado en la Avenida Central.
Cuando escuché del incendio, pedí un permiso y corrí hasta mi casa para saber de la suerte de mis familiares, al llegar ya era demasiado tarde, todo se había quemado, explicó Rodríguez.
"No hice nada más que llorar los pocos peroles, mis viejos zapatos y la humilde ropita de mis hijos, se había convertido en cenizas", apuntó entre sollozos Rodríguez.
Pero Cruz Román, una morena de 42 años, fue menos dramática, pero sí más realista e incisiva al pronunciarse.
"Le pido a Mireya Moscoso que se acuerde de nosotros que nos consiga una vivienda, o un lote a mí con mis cuatro hijos porque no tengo marido y me gano la vida planchando y como empleada doméstica", señaló Román...
Yo voté por Mireya, ahora quiero ver qué ella puede hacer por mí y por mis hijos, porque quiero que ellos vayan a la universidad y se conviertan en unos profesionales.
Para Adalberto Navarro, Cristina González, Berta Raquel Rodríguez y Cruz Román, entre otras 1,996 personas, el pavoroso incendio les arrancó lo material, consumió los viejos retratos de infancia, las cartas secretas de amor y libros viejos cansados de ser leídos, pero el espíritu de lucha de los "santaneros" para emerger a la vida aún desde las cenizas y empezar de nuevo, permaneció imperturbable e inamovible.