S i transitar por las peligrosas calles de la ciudad de Panamá da miedo, imagínese estar ciego y tener que caminar por ellas.
Este riesgo es vivido a diario por Orlando Worrell, un profesional de la comunicación social.
compartió durante cinco días las vicisitudes diarias de este panameño que, a sus 45 años, le ha tocado sentir el rechazo de una sociedad inculta en el trato a los discapacitados.
A diario Orlando debe experimentar los sinsabores de movilizarse por una ciudad con escasez de estructuras para las personas con discapacidad.
Vivir, caminar, estudiar y trabajar, son aspectos importantes en su vida.
A las 8:30 de la mañana, el levantarse, vestirse y desayunar, ya se ha convertido en una rutina en la casa de Orlando, ubicada en avenida A.
La Universidad de Panamá, Radio Hogar, Canal 11, El Chorrillo, Tumba Muerto, son algunas de las rutas visitadas por Orlando, quien prácticamente recorre la ciudad de un extremo a otro.
"A veces es bueno no ver, así se percibe la vida de otra forma y me evito problemas", señala el profesional invidente.
La mañana transcurre y se complica más el tranque en la ciudad y ni hablar de lo difícil de conseguir un taxi.
Para Orlando, eso es toda una odisea, él no sabe de gestos, ni señales, ni malas caras, sólo debe suplicar para ser llevado.
Desde taxistas que lo ignoran hasta el que lo deja tirado en cualquier calle, forma parte de sus sufrimientos frecuentes.
Ni los invidentes, ni otros discapacitados, escapan del famoso "no voy" de los taxis.
"Señor le paso a la persona que me espera, para que le explique la dirección y me lleve", son los procedimientos perfectos para no perderse y llegar hasta el destino.
En el transcurso del viaje sólo escuchaba el pitar de los "diablos rojos", tronar de "mulas" y el grito de algún cristiano insultando a la madre de otro conductor. Para Orlando todo es normal.
Una vez llegado a su destino debe caminar con suma cuidado, pero siempre existen cristianos que lo empujan, sin fijarse.
"Parece irónico, las personas que ven siempre me empujan, en vez de ser yo quien lo haga porque no veo", medita Worrell.
Llegada la hora de almuerzo empieza otra aventura, ¿dónde comer, cuánto me costará?, se pregunta.
Otra vez Orlando dependerá de personas que tengan buen corazón.
Su maletín está bien clasificado, de un lado los cassettes (que son importantes para guardar números telefónicos y direcciones), por otro, las dos carteras, una con billetes pequeños y la otra, con billetes grandes.
De su orden dependerá no ser estafado.
Una vez en su trabajo, las horas son más tranquilas, las oficinas, mesas, sillas, puertas y pasillos, los conoce de memoria.
Culminada la faena, le corresponde otra odisea, cruzar las calles de Panamá, las cuales han sido escenario de atropellos y muerte de ciudadanos comunes y con vista.
Nuevamente necesitará de algún prójimo que lo ayude.
Un último esfuerzo será conveniente para abordar un taxi que lo lleve hasta su último destino, su hogar que lleva formado hace más de 10 años.