Nación

Educación, cultura y Universidad


Es indiscutible que el tema de la educación fue uno de los preferidos de El Panamá América desde su fundación. Con unanimidad de criterios en este campo, cada uno de los directores que se sucedieron, lo abordaron con idéntico interés. En realidad, no era para menos. La República había nacido tres décadas atrás con el 75% de su población analfabeta y pese a los esfuerzos realizados desde la primera administración, los resultados aún eran mediocres. El analfabetismo era sinónimo de la más abyecta ignorancia que frenaba el progreso natural de los pueblos, impedía el desarrollo de la nación y descalificaba a la mayor parte de la población. Era una condena segura al atraso. Revertir el orden imperante y crear conciencia entre la población de la necesidad de abocarse al estudio fue, sin duda, uno de los grandes retos de El Panamá América.
El 6 de mayo de 1929, apenas cuatro meses después de haberse inaugurado la sección en Español, el periódico le dedicó un extraordinario editorial a analizar "La escuela y el ambiente". El mismo constituye un extraordinario testimonio sobre la sociedad de la época. En él se leía: "Nuestra instrucción pública es buena. El gobierno emplea sumas cuantiosas en divulgar la enseñanza. Profesores bien intencionados y competentes se encargan de sembrar en las mentes estudiantiles la semilla del civismo junto con la semilla de la ciencia; pero esas semillas no pueden dar después los frutos que han de alimentar y fortificar la patria, porque el ambiente las corrompe. ¿Qué observa la juventud panameña al abandonar las aulas y asomarse al campo de la vida? Pues un cuadro verdaderamente desalentador que viene a contrastar de manera lamentable con el panorama que pudo forjarse la imaginación sana de un estudiante. Un ambiente de pesadumbre, en el que se agitan, en ridícula competencia, profesionales del servilismo, funcionarios públicos que se alejan de sus altos cargos con enigmáticas formas que jamás pudieron soñar antes de servirse de la cosa pública; aspirantes al gobierno que ofrecen jirones de la soberanía a cambio de eficaz apoyo extranjero para escalar al poder; diplomáticos rechazados de países cultos repuestos en sus cargos para vergüenza del país, malversadores del Tesoro Nacional que pasean por las calles desdeñosamente sus figuras de inmunes sin que jamás se haya investigado por los tribunales su delito, defraudadores del fisco que la justicia no persigue, y muchas cosas más condenadas por la opinión pública, pero que la tolerancia o la protección de las autoridades encubren y estimulan, y que necesariamente han de servir de ejemplo nefasto a la juventud de hoy de la cual han de surgir los gobernantes del porvenir... Nuestra instrucción pública es buena. Pero luchemos porque la juventud al abandonar las aulas, encuentre un ambiente menos enfermo que el nuestro".
Cuando en septiembre de 1937, se comenzó a hablar del traslado de la Escuela Normal a Santiago de Veraguas, El Panamá América, no compartió, en principio, esta decisión del mandatario. El 28, en el editorial "Una medida que debe meditarse", Fabián Velarde, señalaba que este traslado podía comprometer la calidad de la enseñanza y afectar el espíritu de las maestras. En cuanto a la primera cuestión era de opinión que podía subsanarse fácilmente gracias a la contratación, en el extranjero, de personal idóneo con sueldos atractivos. Pero en relación con "el espíritu de las maestras" el problema era mucho más delicado.
Destacaba que: "nada podía hacerse contra la influencia del ambiente estrecho semiproductivo de cualquiera de nuestras poblaciones interioranas...". A su juicio, la escuela no transformaba el ambiente, sino que el proceso se daba a la inversa, merced a lo cual "una maestra de Veraguas o de Las Tablas sería de criterio más estrecho que aquella que pasara cinco años en la capital". Además, había otro aspecto que el gobierno debía tener en cuenta y que era el económico. Formar maestros en el interior del país requería crear las condiciones necesarias para "el saneamiento de la región...instalación de agua potable, baños, inodoros en donde no existía sistema de alcantarillados, edificios y profesorado exclusivo para la Normal, representa un gasto inicial y un gasto anual de tal consideración que cada maestra enclenque como serán las que vamos a producir, costará tres o cuatro veces más de lo que ahora nos cuesta. Peor producto a más alto costo". Como ya vimos, con el tiempo Velarde se fue convenciendo que el traslado entrañaba también beneficios para el país y terminó aceptando que se trataba de un "proyecto seriamente concebido".
En lo que respecta a la fundación de una universidad, la cuestión venía siendo debatida en el país desde los años 20. En enero de 1931, poco después del golpe de Acción Comunal, El Panamá América recomendó la fundación de una universidad para educar y cultivar a la juventud panameña a fin de erradicar "la fórmula de elevar y endiosar a las mediocridades". Consideraba que un centro de estudios superiores le proporcionaría a la población, además de educación al más alto nivel, un mejor criterio a la hora de elegir a sus gobernantes.
Por ello en 1935, pese a las voces encontradas, El Panamá América secundó al primer mandatario cuando se propuso fundar una Universidad.
Cuando el 7 de octubre de ese año Harmodio Arias inauguró la Universidad de Panamá, el editorial "La Universidad, el saber y la cultura" dio a conocer las expectativas que su fundación creaba en la nación. Con una visión netamente humanista, hacia votos para que "nuestra universidad sea... escuela de altos conocimientos y... maestra de cultura y que sus químicos no sea solo químicos ni sus pedagogos solo pedagogos, ciegos frente a los otros aspectos del paisaje, sino hombres de visión...".
Once meses más tarde, apoyó la solicitud presentada ante la Asamblea Nacional por los estudiantes universitarios para que se le otorgara autonomía directiva y docente al centro. De lo contrario, vaticinaba, la Universidad no podría "crecer, desarrollarse y prosperar", atada como estaba a los avatares de la política criolla.
POLITICA INTERNACIONAL DE ENTENDIMIENTO
Las declaraciones del Secretario de Estado de los Estados Unidos de Norte América, en el discurso que acaba de pronunciar desde el foro del Herald Tribune, ratifican la política pacifista y la política del buen vecino que ha venido preconizando la administración del Presidente Roosevelt. "Estados Unidos -dijo el Mr. Hull- no abriga ambición agresiva de ninguna naturaleza y no hará amenazas contra la seguridad territorial de ningún país. Nosotros estamos resueltos a no entrar en ningún conflicto armado".
Nosotros, que estamos convencidos de la sinceridad del Secretario Hull como colaborador del Presidente Roosevelt, vemos en estas palabras lo mismo que en todas las anteriores respecto a su política con los países de Hispano-América, la seguridad de que con esta mentalidad se han de dar los toques finales al nuevo Tratado del Canal, espejo donde han de reflejarse el grado de imperialismo y la sinceridad de aquella política.
Las conversaciones que acaba de tener el Presidente Arias con el Presidente Roosevelt han de redundar, pues, así lo esperamos, en beneficio de las relaciones entre los dos países, sobre la base de justicia y de mutua cooperación, que es, también, la política preconizada por el anterior Roosevelet, uno de los espíritus que mejor comprendieron la naturaleza de esas relaciones.
Y en las discusiones finales del Tratado, una atmósfera más propicia y de mayor comprensión rodeará todos los problemas que aún quedan pendientes de arreglo. Uno de esos problemas es el que se señala en artículo que acabamos de recibir y del cual insertamos los siguientes párrafos:
"La solicitud presentada por nuestra Cancillería, respaldada luego por millares de ciudadanos panameños, a las autoridades de la Zona del Canal, para que devuelvan a los tribunales de justicia de Panamá al ExComandante de la Policía Nacional, don Homero Ayala P., pone a la orden del día uno de los aspectos más relevantes de nuestras relaciones con la Zona.
Ya antes el caso del editor del "Panamá-América", Nelson Rounsevell, sometido como Ayala, a jurisdicción extraña, por actos ejecutados o que se dicen ejecutados en territorio nacional, había remarcado la importancia de estudiar y ver de resolver este conflicto de jurisdicciones, o, más propiamente, esta usurpación de jurisdicción, cometido en perjuicio de la armonía que debe reinar entre las dos comunidades directamente conectadas con la obra del Canal.
A nuestro juicio, en la actualidad se presenta la coyuntura más propicia para verificar el reajuste de este problema jurisdiccional. Ella no es otra que la inminente firma de un nuevo tratado con la Unión del Norte. La política de buena vecindad no se cimenta, no puede cimentarse sobre conflictos tan chocantes como el que surge de la doble jurisdicción a que están sujetos los ciudadanos y residentes de la República de Panamá, cuando se trata de asuntos relacionados con la Zona del Canal.
Nuestros comisionados en Washington deberían ser debidamente instruidos a efecto de que propongan la inserción en el nuevo pacto de una clausura que defina y deslinde, una vez por todas, este asunto de las jurisdicciones. La ley panameña debe regir, soberanas, para todo el haz de la República, y la zoneíta en su propio territorio, para los fines específicos del Canal.
Las relaciones entre Panamá y los Estados Unidos de América, la Zona del Canal en primer término, deberán desarrollarse, de hoy más, sobre la base de respeto mutuo y de estrecha solidaridad en el desempeño del común destino a que ambos países están llamados como copartícipes en la gran obra del Canal.
Nuestros negociadores y el Presidente Roosevelt tienen la última palabra que decir a este respecto".
TRIBUNA MAS ALTA DEL PENSAMIENTO
En ocasión del primer aniversario de su fundación le dedicó un extenso editorial. En el mismo, al tiempo que destacaba la visión y sensibilidad de su fundador Harmodio Arias, le hacía un llamado a la sociedad para que le prestara su apoyo decidido a la institución.
En este sentido alertaba: "...no puede haber nación plenamente civilizada sin educación superior para sus hombres dirigentes; ...el estudio serio y profundo en la investigación de la verdad es lo único que puede terminar con la mediocridad que nos ahoga y con esa non chalance que caracteriza a nuestros seudos intelectuales... la Universidad... es la tribuna más alta del pensamiento y de los ideales de un pueblo que a ella le corresponde infundir de espíritu y de personalidad".
Estrechamente ligado al campo de la educación se discutió, una vez más, por estos días en el país el controversial tema del voto femenino. La cuestión venía siendo debatida desde finales de los años veinte e incluso se habían presentado dos o tres proyectos a la Asamblea Nacional en este sentido.
El editorial del 28 de diciembre de 1930 ya se había dedicado a tratar el tema. Entonces El Panamá América se había mostrado partidario de concederle este derecho a las mujeres, pues las mismas estaban plenamente integradas a la vida laboral y constituían un elemento activo y participativo del cuerpo social. Pero, para 1936, el periódico comenzó a barajar otros aspectos que no había considerado un lustro atrás. Aunque aún se mostraba partidario de otorgarle el voto a la mujer panameña, condicionó esta concesión a la educación del sexo femenino.
En octubre de 1936 a poco de asumir el nuevo gobierno, la cámara legislativa acogió por tercera vez un proyecto de ley para otorgarle el derecho a voto a la mujer. El 11 de octubre, El Panamá América destacó que no se oponía a esta decisión "con la única salvedad de que la mujer panameña debe conquistar ese derecho como lo han conquistado las mujeres en todas las naciones donde lo tienen: con el estudio, con la preparación, con el sacrificio a las rígidas disciplinas del espíritu y del intelecto".
Admitía que existían en Panamá mujeres excepcionales que habían dejado muy en alto el nombre de la patria por su preparación académica y por su consagración al estudio, pero que en realidad constituían una excepción "en ningún país del mundo se legisla para las excepciones". Reflexionaba que en una República donde había aproximadamente 100.000 mujeres apenas habría "cinco millares... capacitadas para la economía doméstica o para el magisterio". De manera que, habida cuenta de las condiciones imperantes, consideraba un "error lamentable" adoptar esta decisión porque "el promedio intelectual o el índice cultural de la mujer panameña...no justifica la aprobación de ese proyecto".
Pero eso no fue todo. También recomendó limitar el voto masculino a los elementos alfabetizados pues de lo contrario se trataba de un "voto inconsciente, plaga de la democracia".
Por muy duras que parezcan estas palabras, lo cierto es que la gente preparada en Panamá estaba convencida que la desdicha de la República obedecía a la ignorancia de la población que era fácil presa de aquellos inescrupulosos que pululaban en la política nacional.
Por ello, como definió magistralmente Harmodio Arias, al momento de la inauguración de la Universidad Nacional: "la ignorancia ofrece campo propicio para que germinen males que terminan por ser destructivos de nuestras instituciones jurídicas.
El hombre instruido no se somete jamás a los lazos denigrantes de la servidumbre."


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52130
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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