Todo empezó cuando un señor salió en horas de la madrugada para trabajar en la mina Remance en Santiago, Veraguas. Camino a su trabajo se encontró con una mujer en el río, era espantosa.
El hombre la describió como una dama con los pies llenos de lodo, los dedos separados y las uñas largas y sucias. Vestía un traje descolorido y roto.
Al regresar al pueblo una señor le dijo: "usted acaba de ver a la Tulivieja".
Se dice que su cabeza fue encontrada con formalina en la casa del general Manuel Antonio Noriega. ¿Cierto o falso?, sólo "Dios sabe" o quizás el "hombre fuerte" lo sepa y prefiera guardarlo como otro secreto más que se llevará a la tumba.
Le siguen el desaparecido sacerdote Héctor Gallego. Mientras su hermana Edilma hace ingentes esfuerzos por recuperarlo y la Comisión de la Verdad ha invertido años en su búsqueda, algunos se inclinan por la adrenalina que inyectan las leyendas urbanas. "El padre Gallego está vivo en Darién". Esos mismos panameños manejan otro supuesto singular: "el General Torrijos se encontró encarcelado en la Antigua Cárcel Modelo".
Una buena historia de terror, a lo panameño, no podría obviar al popular Chivato, que consistía en una encarnación del diablo.
Aquel adagio de "cada maestrillo con su librillo" tiene sentido en las diversas narraciones de regiones como la ciudad de Colón con sus propios cuentos de horror.
Sucede que existió alguna vez una enfermera que murió cuando intentaba cruzar la calle a la altura de lo que es hoy la Caja de Seguro Social, a pocos metros de Cuatro Altos. Hoy, aquellos que transitan por allí solos, a altas horas de la noche, experimentan la horrible sensación de llevar un pasajero al que no alcanzan a ver.
Otros, los menos afortunados, la ven y aún más, la convierten en una pasajera más luego que ella les pide un "aventón".
Así las define el sociológico Raúl Leis, aunque señala que la diferencia es que las historias del interior son contrarias a las urbanas. "En la ciudad nadie va creer en monstruos, fantasmas y en leyendas como la Tulivieja, la Silampa, Hombre sin Cabeza".
Leis aprovechó para contar entonces una historia con toque capitalino. "El violador del petate", ese hombre que andaba con un petate en donde violaba a las jóvenes.
A su juicio, "los personajes del campo son producto de la fantasía y las de la ciudad son de situaciones que pudiesen ser reales, es decir, de un hecho ocurrido".
Es como decir que las brujas no existen, pero de que las hay, las hay. Desde el punto de vista psicológico los efectos de las leyendas van más allá. "Afectan a los niños porque causan temor y ansiedad que se manifiestan con síntomas como falta de apetito, preocupación y bajo rendimiento académico, indicó Geraldine Emiliani.
Son los gestos y palabras lo que las hacen tan creíbles. Fechas como el martes 13 que se han convertido en días de temor y espanto.