
Opinión
Gigantes árboles de Corotú estiran sus robustas ramas en la entrada de un enorme terreno dividido en dos por una malla de ciclón. Es el cementerio de Corozal.
De un lado se extiende una gran alfombra de pasto con lápidas de mármol colocadas minuciosamente una detrás de otra.
Al otro extremo del terreno, sobre un césped que fallece por la inmisericorde humedad, un montón de tumbas tratan de erguirse entre la maleza.
En aquel misterioso sitio, enclaustrado en el corregimiento de Ancón, están enterradas miles de historias fascinantes de hombres afroamericanos y estadounidenses que experimentaron la segregación racial, incluso hasta después de la muerte. En este reportaje se trata de desenterrar varios de esos relatos.
Historia
Desde 1904, este camposanto que hace poco fue declarado patrimonio histórico de Panamá por la Asamblea Nacional, junto con el de Monte Esperanza y el de Gatún en Colón, “funcionaba como una granja destinada a los hombres del Silver Roll (no estadounidenses) que resultaban lisiados, enfermos o muertos por la fiebre amarilla o la malaria durante la construcción del Canal de Panamá”, dice John Smith II, un veterano de guerra norteamericano.
Poco después de la inauguración de la vía acuática, en 1914, el antiguo cementerio de Ancón, donde hoy funciona el Centro de Capacitación Ascanio Arosemena, fue clausurado, recuerda este hombre que aferra sus 78 años a un frío bastón de aluminio.
Según datos obtenidos en la biblioteca-museo de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), el cementerio de Ancón ocupaba una gran extensión de terreno al pie de la loma de la administración. Pero como ya se había iniciado la obra del edificio administrativo, se tuvo que cerrar.
“En Ancón había cadáveres de soldados de la Guerra Civil que fueron traídos desde EE.UU. por familiares de estos que vinieron a Panamá para abrir la zanja”, manifiesta Smith.
Además, mencionó que los dolientes exhumaron los restos y volvieron a enterrarlos en Corozal.
Camino sobre el infinito reguero de sepulcros que se engulle la blanda tierra, aparece el panameño James Dixon. Su abuelo, que llegó en barco a este país desde Jamaica, sufrió -según declara- uno de los abusos más controversiales de la época de la construcción del Canal: el Back Punch.
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- ‘¿Qué fue eso?’
Dixon y Smith se miran. El segundo es el primero en dar su versión. “Consistía en aplicar un pinchazo en la parte inferior lumbar del paciente para extraerle líquido cefalorraquídeo. Esta sustancia transparente era llevada a laboratorios médicos en EE.UU. y se estudiaba con el fin de detectar las cualidades inmunológicas de los negros para poder hacerles frente a las enfermedades tropicales que estaban acabando con los blancos”, declara.
Pero Dixon sostiene que las intenciones del gobierno de la antigua Zona del Canal eran otras. “Primero obligaban a los trabajadores negros que estaban apunto de jubilarse a firmar un documento en el que se desglosaba sus honorarios, pero además era una especie de cláusula para dar fe de que estaban de acuerdo; el que no lo firmaba no recibía su pago”.
El líquido, explica Dixon, quien además es poeta, era comercializado entre la alcurnia europea como un afrodisiaco para contrarrestar los problemas de incapacidad sexual. “Los mezclaban con otro medicamento. Era el viagra de ese entonces. Claro que eso lo ocultaron igual que otros abusos”, dice.
En la literatura consultada en la biblioteca de la ACP no se encontró registro del relato de Dixon.
A pesar de que es casi mediodía, el sol aún usa de sábana los oscuros nubarrones. Los talingos que se posan sobre varias cruces dan un toque tenebroso. “Estas escenas me recuerdan a ‘El Cuervo’, el poema de Edgar Allan Poe”, asiente Dixon.
Luego de cruzar por un sendero donde las hojas y pequeñas ramas traquean como frágiles huesos, el gringo Smith resucita más historias. “Esto siempre fue un lugar de segregación racial, eso no se puede negar”. Y sigue contando: “Ningún negro podía ser enterrado en el mismo cementerio de los blancos. Por eso se conoció como Corozal Silver porque una vez se formalizó el uso de este terreno como cementerio en 1914, el Gobierno americano decidió hacer una cerca para categorizar a los difuntos. Era discriminación hasta después de la muerte”.
En la página web rapsodiaantillana.com, administrada por Roberto Reid Green, descendiente de trabajadores del Canal y quien llevó la propuesta a la Asamblea de declarar patrimonio histórico el Corozal Silver, se pudo conocer que muchos de los caídos durante las excavaciones en el Atlántico eran trasladados en tren hasta el cementerio de Ancón porque no había espacio en el de Monte Esperanza.
“Ya no se iban a necesitar las caravanas de los famosos trenes funerarios que viajaban con tanta frecuencia desde el cementerio de Monkey Hill, hoy conocido como el cementerio de Monte Esperanza en la costa Atlántica, ya que se había inaugurado el nuevo cementerio de Corozal en la costa Pacífica”.
En el lado panameño, del que se han contado aquellas historias, las vetustas lápidas devoradas por líquenes, musgos e insectos no dejan ver fechas ni nombres.
El viento y la erosión han desgastado tanto aquellas criptas de piedra que es imposible rescatar un dato.
En el Instituto Nacional de Cultura (Inac), que hace poco administra el deplorable sitio, dicen no tener cifras de tumbas porque el Municipio les acaba de entregar el cementerio.
“Desconocemos ese dato, ya que el cementerio ha sido recientemente traspasado al Inac”, mencionó Roxana Pino, antropóloga de la Dirección de Patrimonio Histórico del Inac.
Pero el muerto tampoco lo quiere la Alcaldía, en donde nos comunicaron que desde el año pasado, por ley, Corozal está en manos del Inac. De parte de la Oficina de Servicios Funerarios del Municipio no contestaron un correo enviado hace dos semanas.
En la Gaceta Oficial 26994, del 15 de marzo de 2012, se publicó el texto de la Ley 7 del 13 de marzo de ese mismo año, que declara patrimonio histórico nacional los cementerios de Corozal Silver, Monte Esperanza y Gatún.
Para la antropóloga Roxana Pino, aún hay esperanzas, a pesar de la desidia del vasto terreno que administra Panamá.
“Este cementerio tiene importancia histórica por las personas que fueron enterradas. Todos trabajadores negros del Canal. Y sí, es posible determinar cuántos hombres y mujeres hay enterrados, pero eso requiere tiempo y un trabajo de inventario y registro minucioso”, concluye.
Por ahora, la inmensa soledad y la maleza son dueñas absolutas de aquellas siete hectáreas que permanecen en espera de ser recuperadas por las autoridades panameñas.