La basura a muchos les provoca asco, pero a Emi González, una joven de 23 años de edad, le representa su sustento y, en parte, el de su familia.
Emi forma parte de un grupo de más de 60 pepenadores que compite con las aves de rapiña y los perros por algo útil en el vertedero municipal de Chitré.
Ellos extraen latas, papel, hierro, cobre y otros materiales que venden, posteriormente, por unos cuantos dólares.
Emi es una joven agradable y no menos simpática, para quien el trabajo enaltece, no importa de qué se trate. Lo importante es que pese a las dificultades y penurias, por encima está la honestidad y el sacrificio.
Vive con su madre, cuatro hermanos y la falta de un empleo formal la ha llevado a encontrar en los desechos su manera de subsistir.
Así como es de entusiasta en su “trabajo”, es de persistente en sus metas, porque en las noches es una más de las jóvenes que buscan superarse y asiste a la Escuela Nocturna de Chitré para completar su bachillerato.
A ella no le importa estar en medio de los olores nauseabundos ni la lluvia, tampoco saber que por estar en medio de la basura puede contraer una enfermedad, lo único que sabe es que allí es su punto de partida para alcanzar cosas mejores.
Relata que se levanta muy temprano y vestida con un jeans, botas de construcción, se encamina al vertedero donde diariamente puede acumular “cosas” que le representan unos B/ 15.
Su faena es dura y no se da descanso, pues labora todos los días buscando desechos que le produzcan dinero.
En el vertedero su jornada consiste en estar pendiente de carros particulares que se dedican a recoger la basura en las residencias, que empiezan a llegar aproximadamente a las siete de la mañana.
Además, descarga la basura que llevan los carros privados desde las 7:00 a.m., tarea por la que recibe un balboa.
Pero mientras está a la espera del arribo de los carros, se bate en medio de los cerros de desperdicios para ver si halla latas o algo de cobre.
Las peleas con los gallinazos son constantes, ya que en lo que rompe las bolsas, estos animales revolotean casi encima de ella.
Su mirada refleja el cansancio por la dura labor. Una parte de su rostro está lleno de lodo y sus manos sucias y cortadas muestran los efectos de su trabajo.
Aunque pasa diez horas en el vertedero, aún le quedan fuerzas para instruirse en la escuela.
A Emi, el resto de los pepenadores la respetan y admiran por su valentía y coraje de realizar una labor como esta y su decisión de avanzar por mejores días para ella y su familia.