En nuestro país, sea porque eligen ellos la soledad o porque la sociedad y aun sus familiares los rechazan, es muy común ver a los adultos mayores viviendo y muriendo solos. Los parques y plazas son sus sitios preferidos de reunión, por lo general con quienes como ellos han pasado por todas las estaciones de la vida.
Pasan horas y horas sentados en las bancas. A veces dialogando con sus contemporáneos. Otras, con transeúntes u otros visitantes de los parques. Suele vérseles también a algunos callados, pensativos. Cabizbajos y tristes o con una sonrisita como burládose de la sociedad que los ignora. Si tienen hogar vuelven a casa. Si no, tendrán por techo la noche. Las bancas o cualquier rincón también son buenos para, adormecidos por el hambre, el aguardiente o el cansancio, terminar de "matar" el tiempo. O que éste los mate a ellos. Hablamos de hombres y mujeres.
Hay un grupo de personas mayores que enfrentan con optimismo la vida. No importa cuán dura e injusta sea con ellas. Paralelamente, otro sector de esta población no acepta que le marginen y guarda rencor y desconfianza en su corazón. Y así lo exterioriza. Notamos que entre quienes entrevistamos para conocer sus expectativas frente al año que recién comienza, abundaban los del segundo grupo.
"Vivir tranquilamente sin que nadie me moleste. Tener mi comida a tiempo, dormir a tiempo. No molestar a nadie", es a lo que aspira en 1998 y los años que le quedan de vida Sotero Espinosa, pensionado, de 78 años de edad, quien tomaba el fresco de la tarde en el Parque de Santa Ana.
Entre tanto, Eliumen Pardales, padre de 8 hijos, a sus 76 años y luego de haber vivido en Panamá 18, en que ha visto de todo, "lo que desearía en 1998 es que esto fuera totalmente distinto, que fuéramos un país en paz".
"Que el gobierno se acuerde de que los pobres y viejos también existimos" fue el parecer de la señora Felícita Gaona, de 80 años, quien existe porque "Dios todavía es misericordioso y la gente me da mi ayudita para que no muera en la calle".
Justo González, un señor que en sus años mozos tuvo muchas mujeres e hijos y ahora vive de las entradas que le proporciona una casa de alquiler, manifestó que "en ningún gobierno usted espera nada. Cada tiempo la situación es más dura y para nosotros los viejos con mayor razón. Lo tienen a uno como aparte de todo". Diariamente viene deste Tocumen a conversar con amigos y conocidos en el Parque de Santa Ana. Nos contó interesantes detalles de su vida que publicaremos en posterior reportaje.
Carmela M. Rodríguez es otra señora con la que conversamos. Se sonríe cuando le preguntamos lo que desearía en 1998: "Ganarme la lotería, vivir como una reina, no tener que madrugar para ver dónde consigo un cuarto qué limpiar o algún niño para cuidar. Pero a la gente vieja nadie quiere darle trabajo. Nos miran como si no habláramos el mismo idioma y esa forma de mirarnos nos dice todo. No hay empleo para las arrugadas. Sólo quieren muchachas y bonitas".
Años vienen y años van y para Cristóbal Arosemena Gómez todos son iguales: 365 o 366 días sin luces al final del camino. "El año es la misma cosa. No va a cambiar nada. Van a poner los teléfonos caros, por un minuto 15 centavos". Pensionado, de 79 años de edad, vive en Panamá con sus hermanos y hermanas y se mostró un poco huraño al inicio de la entrevista, pero luego compartió con nosotros su opinión.
Por su parte, Aura María Martínez, capitalina de 71 años al hablar de 1998 nos dice que "nadie, sólo el Señor, sabe lo que trae. El y sólo EL. Yo quisiera que viviéramos en paz como buenos hermanos. No andar con esa maldad. Vivir felices. Que nos traiga buenas cosas".
Ella vive sola pero su hijo la va a visitar constantemente para saber si está bien. Es una de las afortunadas que tiene quien vele por ella. "Es un buen hijo. Siempre ha sido así", nos dice y une las manos como en un rezo, mientras mira al cielo.
"Vivo sola en La Chorrera. Nací el 8 de noviembre de 1821. Mis hijos son todos extranjeros y tienen sus responsabilidades", nos dice, como excusándose por estar sola, una señora que no quiso decir su nombre. "No espero nada de 1998. ¿Por qué? ¡Porque no! Porque las cosas están cambiando cada día y ¿qué puedo esperar?".
"¿No espera nada?", insistimos. "¡Ah, bueno, aunque sea salud!, porque a mis setenta y pico ya nadie me da trabajo, pero siempre las amistades me ayudan para seguir viviendo". Es visitante asidua del Parque de Santa Ana.
Hubo un señor que entre acertijo y acertijo compartió con David Mesa y esta servidora su filosofía de la vida. No es amante ni de las fotos ni de las entrevistas, según dijo. No gusta de los periodistas. "Pero les puedo decir algunas cosas, si no se ofenden y quieren escucharme", nos dijo. Entre otras cosas habló sobre la vida y la muerte. Acerca de cómo Dios iguala a reyes y mendigos, amos y esclavos, ricos y pobres, blancos y negros. No importa la investidura, la hora de morir es una y a todos les llega sin retraso ni adelanto, explicó. Dio su punto de vista también sobre la relatividad de la vida, acerca de la envidia, el amor, el irrespeto de la juventud hacia sus mayores, la bondad sin límites de las madres, la inoperancia de las estructuras sociales. Le encanta analizar todo. Y la gente. Acude con frecuencia al Parque de Santa a charlar y observar la gente y cómo se conduce.
Nos despedimos de tan encantador interlocutor, apreciando sus buenos comentarios y percatándonos de que, al igual que el resto de las personas mayores (alrededor de 50) que "veían" pasar el tiempo en dicho parque el martes 30 en la tarde, tienen muchas anécdotas que quisieran contarle a alguien. Algunos, como él, encuentran quien los escuche. Otros y otras se quedan con sus recuerdos y se los llevan a la tumba, porque está solos en medio de una multitud que vive tan acelerada que se está olvidando de comunicarse, de la importancia del saludo, una sonrisa, un abrazo...