Endara, fundador del Partido Arnulfista, denunció que esas personas supuestamente carecen de honestidad y sólo les interesa el dinero.
"Tienen gente que prácticamente un banco se ha robado, el otro que le debe a las mil vírgenes y prácticamente todo es trampa...Estoy hablando de Onasis García, estoy hablando del presidente del Banco Nacional, estoy hablando de toda esa gente que está alrededor del Gobierno arnulfista no por ideas panameñistas, sino por el dólar, el vil dólar", declaró Endara a TVN-2.
El ex mandatario, considerado uno de los más férreos críticos de la Presidenta de la República y su administración, resaltó el ahínco de su copartidaria Moscoso hacia las clases más humildes, sin embargo, lamentó que las medidas adoptadas en el Gobierno sean tomadas por quienes no profesan los ideales panameñistas.
"Ella sí se agita entre los pobres", expresó refiriéndose a Moscoso. "Ha ido a visitarlos, los trata con mucho cariño, cosa que nosotros le reconocemos a ella y sabemos que esa es su forma de ser y no es ninguna hipocresía, pero a la hora de tomar medidas las toman unos individuos que de arnulfistas no tienen nada", acotó.
Guillermo Endara, quien presidió los destinos de la Nación de 1989 a 1994, manifestó que aunque no tiene aspiraciones presidenciales, si su partido no tiene buenas opciones en el 2004, él estaría dispuesto a correr nuevamente por la Presidencia. A Juan Mosquera Rodríguez los paramilitares (Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá -ACCU) le arrebataron la vida de su esposa embarazada de 9 meses. Por consiguiente, también la de su hijo.
Este hombre fortachón, alto, de voz fuerte, pero con semblante de impotencia, narró el horror vivido aquel día.
El había denunciado en San José de Tamboral, Antioquia, que los irregulares estaban robando los animales de las fincas de los residentes en el área.
Ese día, un hermano de Juan le advirtió que los paramilitares lo estaban buscando. Inmediatamente pensó en huir. Le dijo a su esposa que se iría unos días, pero ella se puso nerviosa.
Mientras él buscaba la forma de escapar, su mujer envió a un hijo (Jeide Mosquera) a buscar el motor (para el bote), con el que pretendía huir también.
Al parecer los "paras" se percataron de sus intenciones y retuvieron todo el día al jovencito. Lo torturaron. Colocándole una bolsa plástica en la cabeza, trataron de asfixiarlo. Después lo soltaron.
Para entonces, a su madre le dio una hemorragia y murió desangrada.
Juan Mosquera tiene 14 hijos, tres de los cuales recorrieron con él la trocha por donde llegaron a Punusa. De los otros once no sabe nada. Supone que deben estar con su mamá en la comunidad de Río Sucio, donde vive su familia.
"Yo necesito que me ayude a comunicarme con mi familia para estar más tranquilo", pedía una y otra vez a El Panamá América.
Acto seguido, sacó una tarjetita de presentación, arrugada y húmeda. Solicitó que una vez llegara el equipo periodístico de este medio a la capital, le llamara a los teléfonos anotados en ella para que en su tierra supieran que él estaba vivo y bien. Uno de los números es de Turbo y el otro de Río Sucio, ambas localidades de Antioquia.
En efecto, se hicieron las llamadas, pero curiosamente, quienes contestaron negaron conocer a Mosquera. Cualquier ciudadano panameño se preguntaría cómo es posible que estas personas arriesguen su vida en la selva, sólo para llegar a localidades apartadas del país, donde los panameños no quieren vivir, precisamente por las condiciones insalubres y de pocas oportunidades que imperan en Darién.
La respuesta es simple: la región del Chocó y áreas de Antioquia, en Colombia, colindantes con Panamá, presentan características similares a las de comunidades como Punusa, Boca de Cupe, Yape, o cualesquiera de las ubicadas a orillas del Tuira.
La diferencia para cada desplazado colombiano radica en que en su tierra tenían sus propias fincas y sus propios recursos para subsistir. En Darién no. Allí dependen de la solidaridad de los indígenas del sector, que les permiten vivir en sus tierras con el compromiso de que trabajen en sus "montes" (fincas), cosechando plátanos, arroz, maíz y otoe.
Pasados los años, desde 1997 cuando se dio la primera incursión masiva de desplazados en Darién, muchos de los radicados en esas poblaciones tienen ahora sus casas, construidas al estilo indígena, y sus "montes", aunque en tierras comarcales.
Esas viviendas están montadas sobre horcones, con techos de hojas de plátano, pisos de bambú y, generalmente, sin paredes. Unas tienen un pequeño cuarto, donde duermen algunos de los miembros de las familias, en el suelo, porque no hay camas. El resto duerme fuera de la habitación.
Las condiciones son insalubres debido a que no hay letrinas, ni pozos donde abastecerse de agua. El río sirve de letrina, baño, fregadero, lavadero y vía de transporte.
A nadie se le ocurre hervir el agua, que en invierno presenta un color chocolate y las corrientes (chorros) son fuertes.
Estos desplazados no pueden trasladarse de un pueblo a otro, pasando por retenes, pues son devueltos por la Policía fronteriza debido a su estatus como tales. En consecuencia, viven teniendo el poblado por cárcel. Han salvado la vida, pero han perdido su libertad, al menos por el momento.
Y no es una exageración. El Panamá América penetró una de esas trochas, aunque no en su totalidad, ubicada cerca de la boca del río Punusa. Esta serpentea el río Tuira arriba, para llegar a Susugantí (en la cabecera del Tuira) aún en territorio darienita. Luego se llega al poblado de Agua Fría y de allí a los límites con Colombia, cordillera adentro. Desde ahí en adelante son sólo montañas y selva.
Al pasar Susugantí, se hacen 18 cruces del río del mismo nombre para llegar a Palo de la Letra, en plena cordillera. En esa área, cualquier grupo insurgente puede atacar.
Al principio del recorrido, aunque casi intransitable a pie, los árboles no eran tan grandes ni la vegetación tan espesa.
Pero a medida que se avanzaba, los árboles se hacían tan gigantescos que cerraban el paso a la luz del sol. Aunque era temprano en la mañana, parecía que se acercaba el ocaso.
Por esas trochas caminan familias enteras, con niños de meses en los brazos de los adultos. También son usadas por paramilitares, guerrilleros y aventureros suramericanos.
Cada cierto tiempo, hay que cruzar ríos sobre "puentes", que en realidad son troncos de árboles, que deben cruzarse manteniendo el equilibrio, para no caer al agua.
Según narraron los guías que condujeron al equipo por esos "caminos", ningún desplazado pernocta en el estrecho sendero, que generalmente ha sido abierto a punta de machete. Todos lo hacen introduciéndose en la selva, tratando de no dejar huellas ni ramas partidas, a fin de que los guerrilleros y paramilitares no encuentren su rastro, lo que podría significar una muerte segura y de la manera más horrenda.
En ocasiones, los guerrilleros encuentran a familias enteras en plena selva. Estas llevan algunos enseres para sobrevivir en ella. Entonces, los insurgentes les advierten que les dan media hora para que "desaparezcan" del lugar, o de lo contrario, los matan.
A los desplazados no les queda otra que dejar comida, zapatos, ropa o cualquier utensilio que llevaban, para salir en estampida por las trochas.
Muchos se arriesgan a tratar de llegar a su destino por el río, en balsas construidas con troncos de "balso", muy rudimentarias y mal amarradas.
¿Resultado? La destrucción de las precarias embarcaciones en los rápidos (chorros) de los ríos y, muchas veces, una muerte segura, de acuerdo con los guías.
Por esta trocha, en particular, un caminante adiestrado puede durar tres días en llegar a Colombia, especialmente ahora que la trocha se ha hecho más ancha, conforme pasan desplazados, guerrilleros y paramilitares.
Sin embargo, una familia con niños y mujeres demora entre ocho y 15 días para atravesarla.
"Los hombres lloran por el dolor de dejar sus tierras, los niños porque se pullan los pies con las espinas, y las mujeres por ver el sufrimiento de su familia", aseguró un guía. "Yo lo he visto", resaltó.
De esa manera han llegado decenas de colombianos que prefieren morir por la mordedura de una serpiente, de hambre o de sed en la selva, antes que ser masacrados por grupos irregulares de su país, que se enfrentan en una guerra que ha dejado de buscar ideales para saciar el hambre de violencia y genocidio que parece no satisfacerse nunca.
Muchos han llegado con Leshmaniasis, deshidratados, con parasitosis y otras enfermedades tropicales, incluso la malaria. Esos han tenido suerte, porque otros han quedado enterrados en la selva, sin una lápida que indique que allí está su cuerpo, ni un familiar que visite su tumba.