Washington- El vicepresidente Al Gore se subió al escenario de la convención demócrata en Los Angeles el jueves, en el día, y por la noche dio su discurso de aceptación de la candidatura, preparó el momento para salir del cascarón Clinton y convertirse en la cara del futuro demócrata.
"Somos la Nueva Guardia", es el estribillo que corrió a través de su discurso, mientras que advertía que votar por su contrincante, el gobernador de Texas, George W. Bush, sería "regresar al pasado".
La tarea de capturar la Casa Blanca tras la popular figura del presidente Bill Clinton, no le será nada fácil. Por haber escogido al senador Joseph Lieberman, un político respetado, pero rechazado por muchos líderes del ala izquierda del partido, por su trayectoria de centro derecha, Gore tiene por delante no sólo empatar la ventaja de 16 puntos acumulados por Bush desde la convención republicana.
También se enfrenta al reto de unir su propio partido alrededor del binomio Gore-Lieberman. Lieberman, senador por Connecticut, que fue tan o más progresista que Gore cuando ambos estudiaron en la Universidad de Harvard, acarrea un problema especial para dos de los tradicionales sectores de los demócratas, los líderes de la raza negra y de los gremios, especialmente del poderoso sindicato de la enseñanza pública.
Esto se debe a que el candidato a vicepresidente, hoy día un autoproclamado "moderado", pero que muchos caracterizan de "conservador", frecuentemente votaba con los republicanos en cuestiones de política educacional y social.
Todavía resuena para muchos su vehemente crítica al polémico sistema federal de "acción afirmativa" que otorga preferencia a minorías raciales a la hora de obtener contratos públicos, determinados puestos de trabajo o acceso a la universidad.
Gore defiende la selección de Lieberman, el primer judío estadounidense con posibilidades de llegar a la Casa Blanca, como una victoria nacional contra el racismo. Pero algunas bases no ocultan su inquietud de que entre el historial político del candidato a vice y la falta de carisma de Gore, especialmente si se le compara con Clinton tras de ceder el reto, es casi "sobrehumano", según varios observadores.
Por cierto, en su discurso de apertura de la convención el lunes, Clinton, al congratularse por dejar un país "en un bienestar y progreso inigualado", exhibió una vez más su prodigiosa habilidad de conquistarse al público, pero fue notablemente menos efusivo en ensalzar a Gore como su sucesor.
"Es como si el presidente Bill Clinton, al hacer mutis, se hubiera llevado el cemento que ha mantenido unido al partido durante los últimos ocho años," escribe desde Los Angeles el veterano corresponsal de La Vanguardia de Barcelona, Xavier Mas de Xaxas. "Los albañiles de la campaña tuvieron que trabajar duro para tapar las grietas".
En realidad, Gore tiene un historial político tanto o más moderado que el de su compañero de boleta. No fue por accidente que titubeó cuando le preguntaron si pensaba que el niño Elián debía regresar a Cuba. No fue sólo cautela para no enemistarse con la comunidad cubana en Miami, siempre adoptó una posición firme contra Fidel Castro.
Muchos parecen haberse olvidado que, junto con Clinton, Gore fue uno de los fundadores del Democratic Leadership Council, la corriente que se apartó del progresismo tradicional que el partido heredó del Nuevo Trato de Franklin Delano Roosevelt para girar la directiva del partido hacia el centro político.
Los profesionales estiman que este giro probablemente resultó en las victorias del binomio Clinton-Gore en 1992 y 1996, pero también creó una disidencia interna, especialmente entre la juventud, que puede tener como consecuencia un inesperado voto de protesta para Ralph Nader, el candidato del Partido Verde, y que podría amenazar la pluralidad demócrata por lo menos en California, un estado clave en cualquier elección.
Para conjurar esta emergente fisura en los cimientos más militantes del partido, Lieberman ha tenido que emplearse a fondo en Los Angeles. Antes, durante, y después de su discurso de nominación el candidato ha tenido que deshacerse en explicaciones para tranquilizar a sus correligionarios afro-americanos. Por eso ahora el candidato se presenta como un entusiasta defensor de la "acción afirmativa" porque "la historia y la situación actual de nuestro país todavía lo requiere".