Nación

Heridas que traspasan el alma y quedan en la piel

“Yo perdí demasiado en los campos de concentración. Cuando regresé a casa tenía una herida horrible, estaba muy herida, regresar y ver que no tenía ni un pañuelo. Toda la familia y lo que tuvimos lo robaron”.


A Marianne Granat las huellas del dolor y sufrimiento se le grabaron en su alma y se las tatuaron en su cuerpo. En su brazo izquierdo el 10423, en tinta azul, es el sello de Auschwitz, uno de los campos de exterminio de judíos y de otras minorías étnicas durante la Segunda Guerra Mundial.

“Hay gente que se quita el número, pero yo no”, es la reafirmación de Marianne de que las heridas se llevan en cuerpo y alma.

Como sobreviviente del Holocausto, guardó durante años silencio de ese sufrimiento, pero lo reveló años después de morir su esposo.

 

“Es una herida profunda, cada herida tiene que curarse poco a poco, aun hoy, no es tan fácil para mí hablar sobre este tema”, compartió.

Fueron 10 meses los que duró su agonía. Su pesadilla y la de su familia empezó cuando Alemania ocupó su natal Hungría, el 19 de marzo de 1944. Pero no solo arrastró a los judíos, sino a otros pueblos.

Ahora, en la sala de su residencia respira paz, y disfruta un pequeño rincón destinado a la literatura y otro a los recuerdos, la familia en imágenes.

 

Para Marianne, tener familia le permitió estar hoy con nosotros y salvar a su hermana, que ardía en fiebre, de morir en la cámara de gas y que ella después la rescatara.

Al enfermar su hermana Georgette, no sabe de dónde sacó una cuerda, la amarró a su lado para ayudarla a caminar.

Georgette hizo algo similar por Marianne cuando buscaba niños en las barracas. La escondió en una barraca contigua porque Marianne aparentaba 13 años por su frágil cuerpo y cabeza rapada.

 

“Temía que me llevaran a la cámara de gas, donde casi un millón de niños murió así”, aseguró.

PA. ¿Qué representó para el mundo el Holocausto?

MG. El Holocausto no era solo para el pueblo judío. Murieron varios millones de eslavos (polacos, checos) y de todos los países que ellos ocupaban en Europa. No quiero olvidar a los gitanos, un millón y medio y sacerdotes católicos y protestantes. Es como una casa que tiene una base, los millones de judíos eran la base.

 

PA. A sus 20 años ¿sabía lo que ocurría, a lo que se enfrentaría?

MG. No sabíamos nada. Los alemanes mantuvieron esto en secreto. Cuando nos deportaron nos dijeron que a trabajar. Uno pensaba que por la guerra necesitaban obreros en sus fábricas mientras los soldados estaban en el frente.

PA. ¿Cómo empezó su paso a la antesala de la muerte?

MG. Nos llevaron a una fábrica como a 40 kilómetros de Budapest. Cuando bajamos de los trenes, no teníamos idea de que en una hora seríamos cenizas. Yo hablaba bien el alemán y preguntaba: ¿a dónde nos llevan?, y me decían: a trabajar, pero no me miraban. Yo sé que para ellos era difícil de disimular.

PA. Al llegar, ¿qué pasó?

MG. Hicieron primero la selección, los viejos los llevaron en camión a la cámara de gas, a los más jóvenes, a trabajar y a otros a las barracas y campamentos. Primero nos separaron de mi padre, y a mi madre la pusieron en un campamento vecino, pero separadas por un alambrado con electricidad. Tiene que ver mi libro -Nuestras Cenizas-.

PA. Después del rescate, ¿a dónde fueron?

MG. Europa estaba bombardeada, no había caminos ni trenes. Justamente estoy escribiendo cómo llegamos a casa. Alemania fue dividida en cuatro zonas: la rusa, la alemana, inglesa y francesa, también Austria. Estuvimos en la zona rusa. Fueron tres semanas de camino para llegar a casa. Caminé con mi hermana y cuatro compañeras, del norte de Alemania hasta Hungría. Tuvimos que atravesar una parte de Alemania, Polonia, Checoeslovaquia.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América