Nombres como Lao Santizo Pérez, Rubén Blades (padre), Lenín Sucre, Rodrigo González Jur ado, Franklin Arosemena Zambrano y David Córdoba, entre otros, estarán inextricablemente ligados al vía crucis vivido por la Editora Panamá América, S.A. y sus legítimos dueños a partir de 1968.
Ligados sí, pero no para bien. Son nombres que entraron a la historia. Una historia de recursos legales amañados, de artimañas y marañas correlacionadas, que si bien fueron puestas en práctica en menos de un año, desencadenaron desaliento, pérdida de empleos, infortunio, congoja, impotencia, un golpe a la libertad de expresión y hasta exilio en un lapso de más de 20 años.
La Editora Panamá América, S.A. (EPASA) era, desde 1925 hasta 1968, como lo es hoy, una empresa próspera, con indiscutible dinámica empresarial que, además de publicar diarios combativos, críticos y de gran circulación, puso a disposición de los lectores "La Hora", el primer periódico tabloide panameño.
Y no conforme con ello y el hecho de haberse convertido en la piedra angular donde se cimentó la lucha contra el nazismo, antisemitismo y totalitarismo durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo la preclara visión de ser una de las primeras empresas en poner a disposición de sus empleados un proyecto de vivienda de carácter social, constituyéndose en uno de los primeros de este tipo.
Ese proyecto habitacional de ayer se conoce hoy como "Barriada