Ajenos y extraños han dado su gota de sacrificio para esclarecer lo que realmente pasó aquel fatídico 23 de octubre, cuando se incendió el bus 8B-06.
Algunos lo hicieron confrontando sus miedos, otros caminando, mientras que un pequeño grupo se conformó con velar porque realmente se hiciera la reconstrucción.
Todo para ubicar a los responsables de la muerte de 18 personas, las lesiones físicas de otras dos, así como el daño psicológico de los sobrevivientes y familiares de las víctimas.
Eso sin contar con la incertidumbre que vive la ciudadanía desde que se produjo el accidente.
Desde muy temprano, la marejada de personas que caminaba por los predios del "kilómetro 0", en la Martín Sosa, daba a entender que nadie esperaba encontrar la vía cerrada.
De hecho se trató de un tramo muy pequeño, pero que obligó a la gente a dar toda una vuelta, sólo con el único fin de llegar al otro lado.
Pese a la marejada de gente, no hubo curiosos que obstaculizaran los predios. Las cercas de ciclón colocadas en ambos extremos, aunado a la presencia policial, desechaban cualquier deseo de observar lo que pasaba en torno al bus gemelo del 8B-06.
Desde afuera, era poco lo que se podía apreciar.
Tampoco hubo grandes traumas en la reconstrucción. Ayer, sólo uno de los testigos optó por revivir el recorrido en un panel dispuesto para ello.
Además la única que se sintió afectada fue la señora Margarita Sepúlveda, quien antes de llegar al lugar del siniestro, se bajó del bus, y terminó su recorrido a pie.
"Estoy aquí porque sé que tengo que estar", dijo la madre de una joven de 21 años que murió en el bus.
"Le pedí fortaleza a Dios, porque quiero pensar que pagará el culpable", dijo.