Centenares de indígenas panameños marcharon ayer por las céntricas calles de la ciudad capital para solitarle a la mandataria Mireya Moscoso, mayor atención a los problemas que actualmente enfrentan.
Unos 200 indígenas de las etinias Kuna, Emberá, Gnöbe Buglé, Wannana y Teribe, adornados con su vestimentas tradicionales, coreaban consignas contra el 511 aniversario de la llegada de los españoles a América.
La dirigente indígena Ana Dianis indicó que "nos sentimos que nos han querido invisibilizar, pero aún así decimos presente y queremos decir que los pueblos indígenas de Panamá seguimos creciendo a pesar de que han querido quitarnos nuestras raíces".
"Las políticas públicas en materia indígena no se están llevando a cabo como deben ser, porque existe una visión del Estado dominante que no nos toman en cuenta", señaló.
Los indígenas recorrieron las principales calles de la capital panameña hasta la presidencia de la República, donde expresaron su rechazo a las invasiones que realizan los campesinos a las comarcas indígenas.
"No puede ser que esta altura tengamos problemas de invasiones y el Gobierno haya sido incapaz de poder solucionar estos problemas", indicó la dirigente.
Los manifestantes partieron desde la sede la Embajada de España, ubicada entre las avenidas Perú y Justo Arosemena en el centro de esta capital, donde quemaron la bandera de ese país en medio de consiganas anti españolas.
Rápidamente recibió un no como contestación. Perseverante y tenaz, insistió hasta lograr su cometido, no obstante, le tocó acceder a la condición impuesta: "la Universidad Católica de Santiago de Chile. Allí se formó periodísticamente".
En tiempos de dictadura correspondía agachar la cabeza pero para Patricia eso era muy difícil. En su lugar emprendió una lucha a toda "pluma". Sus denuncias e investigaciones empezaron a cobrar fuerza.
Los detalles contenidos en su primer libro, "Detenidos Desaparecidos, una Herida Abierta", fueron conocidos en la clandestinidad. El visto bueno de la censura militar era poco probable y mientras se decidían a un sí o un no, miles de ejemplares daban la vuelta en los circuitos clandestinos de lectura de Chile.
Con ello probó que a los encarcelados en su país los desaparecían sin dejar rastro. Confirmó lo que sólo eran rumores.
Estaba decidida a darle la batalla a Pinochet a través de las letras cuando a su ferviente deseo se le añadió la tónica determinante.
El cuerpo sin vida de su padre, Sergio Verdugo, secretario general del Sindicato de la Construcción en Chile, el más numeroso, fue hallado en una importante vía de la capital. Lo asesinaron, luego de encarcelarlo y con ello, ahora, además de periodista, Patricia era víctima del régimen. "Podía escribir sin ponerme en los zapatos de los familiares de los desaparecidos... yo era uno de ellos".
En escribir libros encontró su nueva pasión. Allí no había tiempo ni espacio y desde entonces no ha parado.
Patricia es una mujer segura de sí misma. Habla en tono convincente y parece meditar cada frase antes de revelarla. Los años parecen haber dejado de llamar a su puerta. Luce joven. A una expresiva sonrisa que perduró durante toda la entrevista podría adjudicársele la responsabilidad de aquella imagen radiante.
A cada episodio de su vida narrado ella agregaba el dulce sabor de amar lo que se hace y buscar siempre cómo disfrutarlo. Tan es así, que al ser mujer y periodista en los días dictatoriales le llama "un plus".
"Una dictadura es el símbolo máximo del machismo, atacar a una mujer tiene doble costo, es más cobarde, lo que nos da más campo de acción".
Es así como aprovechaba lo que le quedaba a mano no olvidando su principal propósito. Los chilenos debían enterarse del costo humano de la dictadura. "Eramos un país ordenado. Nadie se atrevía a protestar o hacer huelgas cómo convencerlos (a los ciudadanos) de que no todo andaba bien".
Por 10 años, cuenta, los chilenos vivieron el encierro entre las paredes de sus propias casas. Se decretó toque de queda todas las noches. "Y aquí no pasa nada, decían muchos".
"Era sólo trabajar y trabajar para encerrarse en las noches. Así se construyó el milagro económico chileno", sostiene y ríe sorprendida aún, como si los años no hubiesen transcurrido.
Ella era menos conformista. A su juicio, ese orden era el producto de las cárceles secretas, los recintos de tortura y el "terror que tenían y no se atrevían a confesar". Esa fue mi primera tarea: "convencerlos".
Para el fin de la dictadura de Pinochet, en 1998, cuando fue detenido en Londres, la jovial escritora de cabellos canosos tenía ya a su haber cuatro libros dirigidos a denunciar las violaciones a los derechos humanos.
"Quemados Vivos", fue otro de sus títulos. Cerca de 1983, una pareja de jóvenes salió a protestar y una patrulla militar los detiene y rocía de combustible, quemándolos vivos como advertencia para quienes se quejaban públicamente. Tocaba ahora buscar las pruebas y Patricia lo hizo, una vez más.
Le costó ser demandada por "ofender a las Fuerzas Armadas. En ese momento, al acusarme el propio dictador, mi vida corrió peligro".
Se propuso dar la cara, como lo había hecho siempre. Un abogado de la Iglesia Católica tomó el caso y al preguntarle el fiscal militar sobre la demanda, ella dijo: "quienes ofenden a las Fuerzas Armadas son aquellos que usando uniforme tienen conductas criminales". La justicia falló a favor de Verdugo y "ganó el periodismo chileno". En más de una ocasión Patricia y su familia fueron amedrentadas pero no claudicó.
Con "Andrés de la Victoria" contó la historia de un sacerdote a quien una bala cegó la vida, durante la lectura del Evangelio y con ello, el testimonio de centenares de víctimas más. "Y muchos seguían sin creer".
Según dijo, se puede partir de la afirmación genérica de que todos los crímenes durante una dictadura son responsabilidad del dictador pero otra cosa es comprobarlo ante la justicia.
La investigación "Los zarpazos del puma" deja de lado los supuestos y lo prueba. La obra fue aplaudida y repudiada, como era de esperarse, sin embargo, el proceso judicial contra Pinochet se hizo sobre la base del libro y para ella, como periodista "fue especial", pues la causa judicial más importante en toda la historia de su país se apoyó en lo que escribió. Las investigaciones siguen en curso.
Patricia partió de Panamá para continuar su peregrinar por varios países "presentando a su nuevo hijo literario", sin embargo, siempre que puede, le roba un par de horas y con suerte uno o dos días, a esas "presentaciones en sociedad" para volar a lado de sus hijos y su esposo, un hombre comprensivo que conoce y respeta su oficio.
Pero mientras vuelve a zambullirse en pilas de papeles para tramar otro escrito, reconoce que después de todo, algo le debe a la dictadura: "me enseñó a vencer el miedo y vivir decentemente".